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  • La mujer del carrito eléctrico.

    Avenida-Meridiana-Barcelona

    Cada día me cruzo con ella. Cada día me cruzo con la mujer del carrito eléctrico. No sé cómo se llama y nunca he conversado con ella… perdón, no es cierto; una vez hace algunos años, cuando todavía me sentía afortunado, le compré lotería para aprovechar que me sentía afortunado. La mujer del carrito eléctrico vende lotería y yo una vez le compré.

    La mujer del carrito eléctrico es bastante mayor y no puede moverse apenas. Sólo mueve la cabeza y algo los brazos y sus manos sólo lo justo para actuar sobre la palanca con la que guía su carrito eléctrico. Cuando le compré la lotería tuve que ser yo el que cortara el boleto y el que tomara el cambio de los cinco euros que le di. Ella musitó una disculpa por tener que hacer yo todo el trabajo y acto seguido me deseó suerte para que me tocara la lotería.

    ¡Se disculpó por ser discapacitada y me deseó suerte a mí! A mí que no tengo que ir Meridiana arriba y Meridiana abajo embutido en un carrito eléctrico, cubierto de ropa hasta la nariz para no helarme en invierno y con un cajón de madera acoplado sobre mis rodillas a modo de expositor de boletos. ¿Quién da la suerte señora del carrito eléctrico? ¿La fortuna? ¿Dios? ¿Dios puede querer que a mí me toque la lotería y que usted viva paralizada desde el cuello, recorriendo la avenida de La Meridana, año tras año en un carrito eléctrico?

    Hace algún tiempo vi a un tipo en un patinete motorizado esperar junto a la mujer del carrito eléctrico a que cambiara el semáforo.  Pensé en lo que yo pensaría desde mi silla de ruedas si estuviera en el lugar de la mujer del carrito eléctrico.

    • Tú que puedes no quieres caminar.

    Y sentí un profundo desprecio por el tipo del patinete motorizado que altivo y oculto tras unas carísimas gafas de sol seguramente ni vio a la mujer del carrito eléctrico. Los que padecemos alguna tara física solemos ser más sensibles a las desgracias ajenas, aunque no demasiado, no vayamos a creer.

    Hoy he sido yo el que ha compartido espera de semáforo con la mujer del carrito eléctrico y hoy nuevamente he pensado en que pensaría de mi mismo ella si supiera como me siento de mal estos días.

    • No te da vergüenza estar triste y cabizbajo. Tú que tienes piernas, brazos y manos funcionales. Tú que has corregido tu mala vista y aplacado tu asma. Tú que puedes ir adonde quieras sin cargar con un cajón de madera lleno de boletos de lotería. Tú que todavía eres joven y que tu tiempo no se acaba como el mío. Un tiempo que lo acabaré como lo he vivido, incrustada en este carrito eléctrico.

    Y he sentido un profundo desprecio hacia mi mismo y avergonzado he pospuesto mi paseo y he regresado a casa, a vivir mi depresión clandestinamente pues por mucho que confirmen los médicos que estoy mal, pensaré que lo estoy en realidad porque soy un cobarde y que por eso me muevo entre la tristeza la confusión y la culpa.

    La que no puede moverse sin su carrito eléctrico es la mujer que va Meridiana arriba y Meridiana abajo, a la que compré lotería una vez y que me deseó suerte y que me pidió disculpas por tener que hacer yo todo el trabajo.

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  • Instinto animal.

    Dakar

    Suceso ocurrido en la mañana del día 22 de febrero de 2013.

    Prólogo.

    Me encuentro parado frente al semáforo del cruce entre la calle del Cardenal Tedeschini y la Avda. de La Meridiana de Barcelona.  El frugal desayuno que he tomado en mi cafetería favorita se deshace en mi estómago produciéndome una agradable sensación de saciedad. Cae una lluvia fina apenas perceptible sobre la ciudad pero suficiente como para volver resbaladizo el pavimento de la calzada. Mi iPod Touch de cuarta generación toca una canción que no deseo escuchar. Pierdo de vista el semáforo. Mi prioridad es cambiar de canción.

    Suceso.

    Mientras pulso el icono de avance de mi reproductor musical, una motocicleta de trial conducida con un émulo de Jordi Arcarons, con mono, botas y casco más adecuados para atravesar el Teneré que para circular por una barriada barcelonesa, pasa a toda velocidad frente a mí. La inusitada velocidad del motorista llama mi atención. Veo como a pesar de las chuminadas de deporte extremo del motorista, este pierde el control de la moto, debido a lo resbaladizo del asfalto y se precipita al suelo con gran estrépito. La moto empeñada en cumplir con la primera ley de Newton, colisiona con un venerable anciano que cae con una graciosa pirueta sobre el panot húmedo.

    Mi reacción.

    Gracias a mi iPod Touch de cuarta generación no inicié el paso del semáforo lo cual me produce una sensación que pasa del alivio, pues pude ser atropellado por el motorista, a la indignación por la imprudencia del “tonto la moto”.

    Me dirijo al lugar del accidente para servir de testigo si fuera necesario ante la llegada inminente de la policía. Ese estúpido motorista inconsciente hubiera podido hacerme mucha pupa. Pero me corto un poco en mi afán justiciero pues el motorista yace inmóvil en el suelo. ¿A ver si se ha matado?  Mientras el anciano es levantado del suelo por varias personas con gran esfuerzo.

    El motorista reacciona y es ayudado a levantarse. El anciano atropellado tiene una raspadura sanguinolenta en la pantorrilla izquierda, pero comenta con voz trémula que está bien. Parece que le importa más que lo tomen por un anciano desvalido que el daño real que ha sufrido. El orgullo le duele más que la pierna.

    El motorista farfulla algo imperceptible a una mujer que le está ayudando a incorporarse. Por sus movimientos deduzco que no le pasa nada. Mi ira regresa. Imagino mi declaración ante el agente policial con todo tipo de información para que cuando se celebre el juicio por la denuncia que imagino interpondrá el viejecito, le quiten todos los puntos y le pongan una multa de aúpa al ese repugnante gamberro motorizado. Mentalmente calculo como debían de estar los semáforos, la posición de los testigos y las posibles contradicciones en las que no debo incurrir. ¡Te vas a enterar! Vas a aprender duramente a no pasar los semáforos en ámbar.

    Epílogo.

    Mientras los sueños justicieros me hacen babear. El motorista se quita el casco, contraviniendo las más elementales normas de auxilio en caso de accidente. Fijo mi famosa mirada de mitad odio mitad asco, “brown steel”,  que tanto irritaba a mis jefes de la constructora, esperando ver las facciones simiescas del motorista pero mis ojos se topan con el vuelo de una cabellera negra y el rostro de una mujer de no más de 20 años, con rasgos andróginos pero de gran belleza. Su confusa mirada y la perfecta simetría de sus labios implorando perdón actúan sobre mí como un interruptor que contiene la indignación y el salivado. De repente mi acero marrón se convierte en terciopelo marrón. Hasta ese momento no me había dado cuenta como se ajustaba a su escultural talle el mono a la par que acentuaban unos poco prominentes pechos, cuya medida, compaginaba de manera sublime con las hombreras de su traje de aventurera sahariana.

    Por lo visto el anciano atropellado también ha sufrido una metamorfosis similar pues tras ver a la muchacha se ha despedido atropelladamente de las personas que le ayudaron a incorporarse y ha desaparecido del escenario sin dejar rastro, para desconcierto de la venus rodante que inútilmente intenta dar datos sobre él, a su compañía de seguros.

    Un señor que pasaba por allí me pregunta qué ha sucedido. Le digo que ha habido un accidente porque un viejo estúpido ha cruzado la calle cuando no debía, haciendo caer a la pobre chica que ha intentado no mandarlo al otro barrio, pero claro, con el pavimento resbaladizo hasta una experimentada amazona puede perder el equilibrio. Me despido cortésmente del señor y me marcho del lugar de los hechos mientras experimento un desconcertante ataque de amnesia.