Etiqueta: Crisis de los cuarenta

  • Crisis de los cuarenta.

    Túnel

    ¡No va mi médico y me dice que tengo la crisis de los cuarenta! Pero si yo creía que eso no existía, que era un camelo y resulta que me la diagnostica todo un licenciado en medicina. Bueno pues,  si lo dice mi psiquiatra, será verdad y eso significa que tras la actual fase de depresión que agrava la depresión que padezco de por sí, le sucederá una fase de deseo de cambiar de mejorar de recuperar la juventud que sé, que acabo de perder.

    Porque la crisis de los cuarenta consiste básicamente en descubrir que ya no eres joven, que ya no será más una promesa y que eres lo eres y ya no hay más. La crisis de los cuarenta es darse cuenta de que no hay futuro, el futuro es cosa de jóvenes y tu acabas de dejar de serlo. Estoy hablando desde mi experiencia claro. Sí ya sé que personajes históricos como Abraham Lincoln o Winston Churchill consiguieron sus mayores logros cuando ya eran venerables ancianos (he leído “Sopa de pollo para el alma) pero yo no soy ni el uno ni el otro y tengo que asumir que lo que tenga que llegar será muy poco.

    Pero ¿Es tan malo no tener futuro? Puede que ya esté saliendo de la fase depresiva de la crisis de los cuarenta pues empiezo a cuestionarme un motón de cosas, sobre todo, debido al desasosiego y la ansiedad que me provocan y una de ellas es el pensar en el futuro.

    Los que hemos frecuentado las terapias psicológicas mucho tiempo hemos oído decir e incluso hemos dicho con frecuencia que el pasado es una losa, que la mala situación actual que vivimos es consecuencia de los errores del pasado y que por tanto el pasado nos pesa y no podemos avanzar. Sin embargo, la vida es tan sumamente compleja y difícil  que el pasado deberíamos verlo como el resultado de haber superado con éxito todos los problemas que nos hemos ido encontrando: aquellas enfermedades que se curaron, aquellos trabajos realizados, aquellos amores perdidos, aquellos accidentes evitados… no, el pasado no es un lastre el autentico lastre es el futuro, la idea cruel que nuestra cultura nos impone desde niño de que hay que tener un futuro. Todo lo que haces en tu juventud es labrarte un futuro, hacerte un hombre de provecho y esas cosas que te repiten continuamente.

    Pero un día cumples 44 años y descubres que el futuro no existe (sobre todo si tu madurez coincide con una crisis económica mundial y bestial) ¿Y entonces qué? Pues entonces descubres que el verdadero lastre de tu vida es el maldito futuro, y eso explica a mi juicio la crisis de los cuarenta. Primero sufres porque ese futuro por el que te sacrificaste no llegó, no importa si eres príncipe o mendigo; si eres un mendigo te decepcionas por no haber salido de la pobreza y si eres un príncipe te decepcionas porque no llegaste a rey. Después la vida se hace tan dura que decides librarte del peso extra y prescindes de la inhumana idea del futuro. ¡Fuera futuro!, ya no queda tiempo para soñar ahora sólo tengo tiempo para vivir.

    La idea de librarme del futuro resulta muy tentadora, no se me ha ocurrido a mí, mucha gente lo sabe desde siempre y por eso han disfrutado su vida, porque no se preocuparon del futuro a más de un mes vista. Recuerdo que mi propio hermano me comento que era ridículo solemnizar la vida y darle demasiada importancia a las cosas.

    • ¿Qué pasaría si dejara de preocuparme por mi vejez, mi seguridad económica y mi porvenir?  Ya tuve todo eso y la crisis y dos gobiernos canallas me lo arrebataron. ¿Qué puede pasarme? ¿Acabar compartiendo un pedazo de pan duro con las palomas en la plaza del Congreso Eucarístico? ¿Acaso eso es peor que malgastar tu única vida trabajando sin descanso para explotadores? El tiempo es la mayor riqueza y tuvieron que echarme de mi empleo para que me diera cuenta.
    • ¿Qué pasaría si dejara de importarme la política, las banderas y los dioses? Por qué no dejo de escribir este blog y vuelvo a dibujar cómics como cuando era adolescente, tampoco los leía  casi nadie, pero me llenaba. Incluso quedé tercero en el Primer Concurso de “Auques” de Cataluña y los “auques” (aleluyas) son como cómics ancestrales.
    • ¿Qué pasaría si dejara de preocuparme por mi aspecto, de mi imagen en los espejos? ¡Qué cómodo sería ir en chándal y usar riñonera!, bueno lo de la riñonera ya lo hago. Además mi aspecto no es tan diferente a como es la gente corriente en general, así que tampoco desentono tanto.
    • ¿Qué pasaría si dejara de pensar en las mujeres como entes divinos y aceptar que, a pesar de que en general son maravillosas, también pueden ser impías e insaciables sanguijuelas? ¿De qué me han servido tantos años de caballerosidad? No sería estupendo dejar de reprimirme y reconocer que lo primero que miro es el escote. ¡Qué divertido sería echar piropos, mirar culos y recibir alguna que otra bofetada! Siempre será mejor tener los dedos de una tía marcados en la cara que tener sólo popularidad baja en tu perfil de Badoo. Eso no va a aumentar mi éxito con las mujeres, lo sé, pero ser un buen tío tampoco me sirve de mucho y es bastante más difícil y menos divertido.
    • ¿Y qué pasaría si limitara el cuidado de mi salud a evitar empeorar del asma y evitar excesos para no contraer enfermedades graves pero no para mantener la línea. Tengo barriga ¿Y qué? No sería estupendo no privarse de nada ni hacer dieta ni inútiles sacrificios?.  Quizás hasta debería cambiar al psiquiatra, por una botella de vodka y una caja de puros.

    He leído que los Aimaras, la etnia a la que pertenece el presidente de Bolivia Evo Morales, tienen una visión del tiempo contraria a la nuestra: ellos dicen que el pasado está delante pues ya es conocido y se puede ver, mientras que el futuro viene por detrás y por eso no podemos verlo. Y creo que esa es la definición de crisis de los cuarenta, cuando miras hacia adelante y  ya no ves el futuro, ya no puedes soñar; sólo vivir.

    Todavía estoy lejos de superar mi crisis de los cuarenta, me queda mucha sertralina y mucho valproato sódico que tomar, pero la perspectiva de que dentro de poco me importará todo un bledo y que ya no me sentiré fracasado sino vivo es, sencillamente, todo un estímulo para recuperarme y disfrutar de la vida.

  • ¿Qué me pasa Doctor?

    Médicos

    – Buenas tardes doctor. – Saludo con gesto cansino a mi médico de cabecera.

    – Buenas. ¿Qué tal? ¿Qué le ocurre mmm… David? – Comenta el médico ojeando mi historial.

    – Le explico… Padezco de ansiedad y depresión desde hace un tiempo.

    – Sí, ya me acuerdo de usted… ¿Y cómo va ese ánimo, dígame?

    – Raro.

    – ¿Raro, en qué sentido?

    – Verá Doctor. Hace dos años perdí mi trabajo, me separé, perdí mi casa, parte de mis ahorros y mi perro.

    – ¿Todo a la vez?… Entiendo, siga. – El médico comienza a tomar nota un bolígrafo que le dieron en un congreso sobre hipotiroidismo.

    – Pues que estoy desanimado, desganado, triste y falto de fuerzas.

    – Normal en su situación. – Me comenta mientras arranca una hoja de un bloc con la marca de un antipirético en el encabezado de cada página. – ¿Dónde está lo raro?

    – Verá, me siento cada vez más estancado, más… – Contesto tartamudeando.

    – ¿Más qué? – Inquiere el médico mientras subraya alguna cosa con un fosforito que imita graciosamente un gotero.

    – Pues de pronto, no sé, todo me molesta, no soporto a los jóvenes de hoy ni la televisión… Cosas que antes me daban igual o incluso que me gustaban ahora me irritan.

    – ¿Por ejemplo?

    – …. me molestan las extravagancias, la frivolidad, las odiosas modas…

    – …mmm, principio de misoginia, incipiente homofobia… – Comenta susurrando el doctor.- Siga.

    – Me irrita… – ¿Ha dicho homofobia? Debo de haber entendido mal, pienso mientras vuelvo a tartamudear. – Me irrita, digo, ver a según que gente que no lo merece, trabajando mientras yo no tengo oportunidades.

    – … mmm, los inmigrantes, vamos.

    – ¡Yo no he dicho eso! – Protesto abriendo mucho los ojos, mientras el doctor continúa escribiendo. – No me refería a…

    – ¿Qué más? Me interrumpe el galeno grapando unos papelitos de mi historial con su grapadora con el logotipo de un antihistamínico.

    – Algunos temas me hieren profundamente, no sé, lo de la independencia de Cataluña, me indigna y eso que ni me va ni me viene.

    – … mmm, nacionalismo reactivo… continúe.

    – No sé si será eso, pero en ocasiones, hasta defiendo al gobierno actual, cuando hace unos meses echaba pestes de él. ¡Qué no habré dicho contra la reforma laboral o sobre el rescate de la banca! y ahora, míreme, dice algo en contra suya el Financial Times y me pongo negro, ¿Lo entiende usted, doctor?

    – …mmm. Se siente desamparado y busca protección en la autoridad…suele pasar.

    – Si usted lo dice. – Desconcertado, espero a que el médico diga algo pero éste sigue escribiendo. – Bueno… pues no sé. – Balbuceo con la esperanza de llamar la atención del facultativo.

    – Bien, bien. – Comenta cantarín el médico mientras comprueba la fecha en un calendario con el nombre de un antiemético escrito al final de cada mes. – ¿Y esos síntomas, “raros”, cuándo aparecieron?

    – Hace dos o tres meses.

    – Ya. – El doctor toma nota de la fecha y le pone un clip del color corporativo de una farmacéutica, a no sé qué de mi historial. – Ya se le acaba el subsidio ¿no?

    – En febrero, creo.

    – Bueno, bueno… – Canturrea el médico mientras me mira por encima de sus gafas de leer. – A ver que hacemos con usted… – Me dice con tono paternalista y risueño.- En principio yo no me preocuparía es algo normal, sobre todo, a su edad. – el médico comprueba mi edad en el historial.- 44 años… ¡Lo qué yo decía!

    – ¿Pero qué es doctor?

    – Se está usted volviendo de derechas. Es algo muy común en tiempos de crisis. Le pasa a muchísima gente. No hay más que ver las pasadas elecciones gallegas. No tiene nada que ver con su estado ánimo. Es algo natural, a algunos les ocurre antes y a otros después. Ya verá ahora, con las elecciones catalanas, ¡así, así de gente se ve afectada!

    – Pero no puede ser. Sí siempre he sido de izquierdas: Soy tolerante, agnóstico, ecologista y además estoy afiliado a un sindicato.

    – Precisamente, ese es el grupo de riesgo; lo que se creen de izquierdas. Como usted, amigo David, pero usted no es de izquierdas, como mucho, un progre.

    – ¿Pero qué me dice? – Exclamo entre aspavientos.

    ¡No se agobie! En tiempos difíciles y con lo que usted ha pasado es normal que afloren los instintos más básicos. ¡Tranquilícese! En su estado de depresión no conviene alterarse.

    ¿Y qué me recomienda?

    Nada. Se le pasará. Cuando vuelva a tener trabajo y su vida vaya mejorando verá como vuelve poco a poco a sus niveles anteriores de progresismo. Mientras tanto, distráigase, haga ejercicio y beba mucha agua… Claro que también puede intentar ser de izquierdas de verdad, pero yo creo que le faltan coj… quiero decir, aptitudes; y a su edad… no sé, pruebe. – Sentencia el médico mientras me extiende una receta. – ¡Tenga! Tómese estas vitaminas. Una al día. ¡Y no descuide su medicación, ¡eh!.

    Gracias doctor. – Me despido del médico tan avergonzado como si lo que me hubiera diagnosticado, fueran ladillas.

    (Inspirado en una conversación con mi hermano de hace unos días)