Etiqueta: METRO DE BARCELONA

  • Buenas personas pero no tanto.

    Día caluroso en Barcelona, muy caluroso. Sudando en el metro rumbo al despacho de mi cliente. Dentro del vagón hace mucho calor. Desde que empezó la crisis los responsables del suburbano barcelonés juegan a la ruleta rusa con el aire acondicionado de los trenes.

    En la estación de Sagrera una muchacha embarazada de muchos meses entra en el coche. Casi instantáneamente otra mujer se levanta y le cede el asiento, permaneciendo de pie frente a ella. La mujer que se ha levantado es de una gran belleza. Alta, bien proporcionada, con un pelo negro córvido y unos ojos aguamarina. Viste bien, conjuntada. Sus escasos complementos son discretos y combinan perfectamente con su ropa a todas luces de marca.

    Dejo de mirarla, no es para mí. En mi escala de inaccesibilidad de mujeres atractivas ocupa el nivel 8 de 10. Es un puesto alto dado que el nivel 9 lo ocuparían las actrices y modelos famosas y el nivel 10 lo ocupan «ex aequo» Marlene Dietrich y Katharine Hepburn.

    Prosigo con mis sudores cuando de repente esa mujer hace una extraña maniobra y se sitúa a pocos centímetros a mi lado. – Mala cosa. – Pienso, cuando una mujer guapa se me acerca tanto en un sitio público es que quiere hablarme de Cristo. Pero no hace nada, la chica permanece quieta, casi pétrea a mi lado, mirada al frente. No es tan alta como parecía pero si más guapa de lo que se entreveía.

    De golpe por el rabillo de mi prótesis intraocular percibo alboroto y confusión alrededor de la muchacha embarazada. Al parecer esta se ha desmayado pero hasta ahora nadie se había dado cuenta. Las personas sentadas a su lado se levantan gritando el consabido «Déjenle respirar». Una mujer cincuentona la abanica y otra de más edad saca de su bolso un pulverizador con agua y la rocía con fruición. No sé si es el procedimiento adecuado en estos casos pero la chica recupera el sentido y comienza a disculparse por las molestias. La mujer cincuentona sigue abanicándola y las demás, para las que lo de ser madre es algo ya superado la consuelan y la animan.

    Yo que he ido a curiosear regreso al sitio que ocupaba. la chica bella de nivel 8 ya no está. La localizo sentada rígida, pétrea con la mirada perdida al frente, en un asiento libre en el otro extremo del vagón.

    Creo entender lo que pasó: la chica de nivel 8 fue la primera en darse cuenta que la chica preñada se había desmayado pero decidió quitarse de en medio, discretamente y parapetarse detrás del abdomen del tipo corpulento que categorizaba su belleza mentalmente. – Soy buena persona como para dejar el asiento a una preñada pero no lo suficiente como para asistirla tras un desmayo. ¿Quién sabe? Igual me vomita en mis carísimas manoletinas.

    Llego a mi parada y sigo con mis sudores. Creo que tengo que modificar mi escala de inaccesibilidad, tal vez un nivel decimoprimero de «hijoputez», bueno ya lo pensaré.

     

  • Gorras, capotes y estados de ánimo

    Septiembre de 2013.

    Estoy  solo, cansado y pensativo en el metro de Nueva York. En la parada de la Avenida Elmhurst de la línea R, dos muchachos afroamericanos ponen música a todo volumen. A ritmo de Hip-Hop empiezan a bailar y a hacer malabarismos con sus gorras. Luego, tras lo que al parecer era un calentamiento, empiezan a hacer equilibrios y piruetas en la barras centrales del vagón. Los miro con asombro, lo hacen muy bien. Los otros viajeros deben pensar lo mismo pues sonríen y hacen comentarios  mirándoles de reojo.  Los muchachos se mueven enérgicamente y a pesar de su gran estatura consiguen realizar sus volatines y cabriolas sin molestar ni tan sólo rozar a los pasajeros. No parece que pidan dinero, simplemente bailan. Me olvido de mis obsesiones y me divierto mirándoles. En Queens Plaza se bajan, su juventud y su energía han hecho que me anime. Solo pero menos cansado y pensativo espero impaciente el momento de llegar a Manhattan.

    Mayo de 2014

    Estoy solo, cansado y pensativo en el metro de Barcelona. En la parada de Monumental de la línea 2 un anciano encorvado y apoyado en una muleta comienza a gritar palabras indescifrables. Tosiendo y expectorando, enrolla un mantón floreado con flecos a su muleta a modo de capote y comienza a citar a un toro imaginario que, también imaginariamente, le embiste. Lo miro con desazón, su actitud desconcierta y apena. Los demás viajeros deben pensar lo mismo pues apartan la vista o comentan con desdén mirándolo de reojo. Se mueve torpemente y con dificultad, pero sus medias verónicas molestan y rozan a los pasajeros. No parece que pida dinero. Simplemente torea. Me hundo en mis obsesiones y me entristezco mirándolo. Su demencia y su fracaso me abruman.  En Sagrada Familia me bajo para hacer transbordo. Solo, más cansado y más pensativo, espero impaciente el momento de llegar a casa.