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  • Okupas, perroflautas o antisistema.

    Desde que soy siderometalúrgico tengo la necesidad de usar el eficiente servicio de cercanías de RENFE del que disponemos en Barcelona. He tenido suerte. La línea R2 que conecta Castelldefels con Granollers  y que me permite llegar hasta Montmeló, parece el Orient Express si la comparo con la impuntual y masificada línea R4 con la que a veces me desplazaba a la plantación de algodón de Sant Joan Despí.

    Todas las mañanas tomo el tren en la estación del Clot-Aragó poco frecuentada, silenciosa, amigable. Cuando llega el tren, siempre encuentro asientos libres y de momento no he sufrido retrasos de consideración.

    Pero no todo son parabienes. El otro día, sin ir más lejos, subió al tren una tropa de esos jóvenes que deambulan por la vida acompañados de perros, con ropa pseudomilitar, «piercings» mugrientos y ese engendro de la ornamentación corporal llamado «rastas».

    Nunca he estado en Jamaica (ni pienso estar) y tal vez allí estas extensiones capilares sean complementos agradables e higiénicos, pero las que se usan por aquí me recuerdan al pelo de aspecto mortecino de los roedores disecados que tenía el director de mi colegio en su despacho y que tanta congoja me producía mirarlos ocultos en la penumbra de sus anaqueles, las escasas veces que estuve en dicho despacho.

    Me quedé observando a aquellos jóvenes intentando clasificarlos y comprender su filosofía de vida:

    Perroflautas no eran pues tenían perros pero no flautas. Antisistema, bueno, si eres antisistema ¿Por qué tomas un tren de cercanías? ¿Hay algo más inherente al sistema que la red ferroviaria de cercanías? Trenes conducidos por aburridos funcionarios, megafonía impersonal y estaciones llenas de currantes adormecidos  vigiladas por «seguratas» barrigudos.

    Pero no reflexioné mucho tiempo. Mis pensamientos fueron abortados de repente por el intenso y repugnante hedor que desprendían aquellos chicos y chicas. Doscientos metros de tren, cincuenta plazas por coche y estos angelitos tienen que sentarse a mi vera.

    Mis elucubraciones fueron substituidas por nauseas y otros desordenes fisiológicos. ¡Qué peste! Aproveché la braga que uso para  los días de frío intenso  que lucia en mi cuello para cubrir mi nariz, pero fue en vano. Aquel pestilente olor era tan cáustico que la hubiese traspasado aunque hubiese estado confeccionada en Kevlar.

    Podía haberme levantado e irme pero tenía miedo que creyesen que yo era un fascista que no toleraba su presencia por causas ideológicas y no sanitarias, Ademas todos hablaban en inglés por lo que mi actitud podía interpretarse también como xenófoba y no tengo yo el cuerpo a las siete de la mañana para enfrentarme a nadie por motivos sociopolíticos.

    Mi salvación llegó cuando escuché por los altavoces del tren que llegábamos a Montcada i Reixac . Fingí que me apeaba y me dirigí al lugar del tren más alejado posible de aquel tufo, intentando que no se notara que mi equilibrio se había visto afectado por el mareo.

    Cuando mi estómago y otras vísceras ocuparon de nuevo el lugar que les corresponden según mis parámetros antropomórficos, pude regresar a mis pensamientos y concluir que aquellos jóvenes eran en realidad «Okupas» pues habían ocupado mis fosas nasales y posiblemente las de los otros viajeros de una manera que no puede ser legal.

    Su rebeldía, si es que realmente se rebelan contra algo, no es contra el sistema sino contra la higiene corporal. Son una especie de veganos ultraortodoxos que entienden que las bacterias también tienen derecho a la vida y que no pueden ser aniquiladas por burgueses jabones y geles de baño.

    Me gusta que la juventud tenga principios y se rebele contra lo que considera injusto, ¡ojalá! hubiese sido yo menos sumiso en mi juventud, por lo que también, a esta clase de activistas, les declaro mi admiración, pero desde cincuenta o sesenta metros como mínimo de distancia.