Todas las vivencias de este día son imposibles de redactar con mi celular así que las dejaré para la versión extendida. Por el momento me limitaré a una pequeña enumeración.
5:30 El Sr. Rodríguez me recoge en la puerta del hotel.
Parada en Manhattan para recoger a Claudia Hurtado, a Julián y su esposa la Dra. Landeiro y a dos simpaticas Argentinas: Graciela y Nela.
Nos adentramos en la «high way» que atraviesa New Jersey, Delaware y Maryland. Paisajes de bosques y dos inmensos ríos. De los rótulos de la autopista deduzco que uno es el Delaware pero el otro no logro identificarlo pero puede que sea el Susquehanna. Aquí pasan desapercibidos, pero tienen un cauce 3 ó 4 veces mayor que el Ebro.
Parada para desayunar y hacer otras cosas menos literarias.
Más paisajes, puentes colosales y grandes camiones a toda velocidad. No es la ruta 66 pero estoy flipando.
Atravesamos Baltimore. Por suerte esta inmensa ciudad no tiene «rondas» o el Sr. Rodríguez no las conoce así que para mí cuenta como visitada.
Casi las once, Washington D.C. El Sr. Rodríguez se pierde en el marginal barrio de Anacostia. No hay blancos en una milla a la redonda. Nos paramos para que el Sr. Rodríguez recomponga su GPS. Mi nívea piel llama la atención de algunos paisanos intranquilizadores. El Sr. Rodríguez logra situarse antes de que tengamos un conflicto racial de imprevisibles consecuencias.
Llegamos al Capitolio. A mí que sufro de síndrome de Sthendal en Gran Vía 2, me deja boquiabierto.
Visitamos todos los museos Smithsonianos, incluido el museo aeroespacial donde me hago una foto junto al Viking justo bajo el Spirit of Sant Louis.
Comemos y partimos hacia la Casa Blanca donde se nos presenta a Conchita, la mujer que lleva 20 años protestando contra las armas atómicas si moverse de allí.
Luego llega el plato fuerte: el memorial a Lincoln. Mi síndrome de Sthendal roza la epilepsia.
Partimos hacia el cementerio de Arlington. Una terrible tormenta nos obliga a acurrucarnos en un recoveco del monumento al soldado desconocido. Amaina y podemos visitar las modestas tumbas de los hermanos Kennedy.
Imbuidos de épica y calados hasta los huesos, regresamos a Nueva York. He logrado vencer la apatía y la pereza y como recompensa: uno de los mejores viajes de mi vida.
Para saber más sobre Washington:





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