Autor: David Torres

  • LinkedIn no es para cualquiera

    linkedin-logo-copy.jpg

    Por fin tengo un rato para escribir en  mi blog. Tras regresar de América, he tenido la suerte de encontrar trabajo haciendo chapuzas como delineante. No obstante, no dejo de actualizar mi perfil en Infojobs ni de consultar de tanto en tanto mi página de LinkedIn y ha sido esto último lo que me ha dado la idea para escribir esta entrada.

    Hay dos cosas que se pueden deducir de la lectura de este blog:

    • No acabé la carrera de ingeniero. He forjado mi vida profesional con mi título de F.P. II y con la ligera pátina que da el haber ido a la universidad.
    • Tengo cierto complejo de inferioridad que me hace hacer cosas como sentirme incómodo en un gimnasio.

    Es por eso que pienso a menudo que LinkedIn no es para mí, no es para cualquiera. Con mi experiencia laboral casi todo el mundo que conecta conmigo es universitario y los que no están en el paro tienen cargos de relumbrón en empresas de fantasía. Así por ejemplo, tengo contactos que son arquitectos, ingenieros, doctores; que son socios fundadores, directores generales, vicepresidentes, directores creativos o asesores en multinacionales y eso me daba qué pensar: ¿Dónde voy yo con mi F.P. II y mi experiencia como técnico de tres al cuarto? ¿Dónde voy yo en esta hoguera de vanidades cibernética en la que la gente tiene cargos enjundiosos en inglés? Porque esa es otra, ¿cómo puedo llamar la atención en esta red social? Una red social plagada de:

    • CEO
    • Owner Manager
    • General Manager
    • Assistant Project Manager.
    • Building Engineer
    • Sales Engineer
    • Senior telecommunications deployment
    • Business Development
    • IT Manager

    Pensé que mejor me borraba, ya se sabe, mi complejo de inferioridad. Además ni cuando he tenido una cuenta Premium de a 20 euros mensuales, LinkedIn me ha servido de mucho en mi búsqueda de empleo. Pero me he dado cuenta de que ahora soy autónomo, de los de verdad, con impreso 037 y 303, y que puedo disfrutar del hecho de que soy  mi propia empresa. Así que qué tal si yo también participo a lo grande del mundo profesional y del ambiente empresarial:

    Mi perfil luce actualmente más o menos así:

    LKD_actual

    Es poca cosa ¿verdad? ¿Qué tal sonaría en inglés?

    Linkedin_Técnico_2

    Claro que ahora soy mi propia empresa. ¿Por qué resignarme a mi raquítica formación?

    Linkedin_CEO_2

    Esto está mejor. Pero es mi empresa. ¿Por qué no crear una jerarquía diferente, algo más marcial?

    Linkedin_Lord_2

    Claro que puestos a innovar por qué conformarme con el inglés ¿Qué tal un rango militar en Latín?

    Linkedin_Imperator_2

    No está mal pero quizás el toque militar no es adecuado para alguien que no hizo la mili. ¿Mejor me pongo un cargo civil al estilo de Augusto?

    Linkedin_Princeps 2

    ¡Ya me gusta más! Aunque una sola palabra en el cargo sabe a poco ¿Qué tal un rango a lo Trajano?

    Linkedin_Optimus_2

    Mucho mejor. Creo que ya no tengo ganas de borrarme. Voy a ir probando denominaciones pues de algo me ha de servir ser autónomo y pagar 254 «lereles» mensuales. ¿A ver quién me tose ahora en Linkedin? ¡Eh! ¿A ver?

    Entradas Relacionadas.

    – LinkedIn y las prostitutas de antaño.

  • Diario de viaje. Últimos días.

    Puente Queensboro

    Domingo.

    Ya he visto todo lo que quería ver. Todos mis objetivos turísticos están cumplidos.  Dediqué el domingo a  preparar el agotador viaje del lunes y a descansar. Mientras cambiaba con desgana los canales de televisión, doy con el único que emite en español que se sintoniza en el hotel. Dan un anuncio del nuevo disco del tal Alejandro Fernández en el cual se incluye la canción «hoy tengo ganas de ti». Me siento feliz por identificar quien la canta y que además lo hace a dúo con Christina Aguilera. Resulta que al volver de Washington, el Sr. Rodríguez subió el volumen de la radio cuando esta canción empezó a sonar. No quiero parecer cursi pero atravesar el Queensboro con esta música será algo difícil de olvidar. Cuando la canción terminó comenté:

    • ¡Qué magnífica versión de esta canción! Es la más famosa de Miguel Gallardo, un autor español que murió relativamente joven.

    El Sr. Rodríguez esboza una sonrisa, la primera en todo el viaje. Celebra que me guste la canción y comenta:

    • Los grandes artistas siempre mueren jóvenes.

    Fue la frase más larga que pronunció de manera espontanea y no estaba carente de lírica . ¡Bien por el Sr. Rodríguez!

    Lunes.

    El «shuttle bus» del hotel me ha dejado en el JFK siete horas antes de la partida de mi vuelo. Busco el mostrador de Iberia pero no lo encuentro.  Decido preguntar a una empleada con chaqueta roja y pinta de saber mucho.

    • «De aibirias chequin plis? (¿El mostrador de Iberia, por favor?)«. – Mi inglés de andar por casa parece funcionar, además aquí Iberia es «Aibiria».
    • «Oh yes, wachiwachiwachi and wachiwa.»

    Ella me ha entendido pero yo a ella no, pese a lo cual asiento con la cabeza y sonrío como si ya lo tuviera todo claro. Absolutamente perdido decido ir al lavabo. Pienso mejor con la vejiga vacía. Espero un rato antes de volver a preguntar. Esta vez pregunto a una empleada de British Airways.

    • «De aibirias chequin plis?»… «Is de seim campani… Je, je.». (¿El mostrador de Iberia, por favor?… Es la misma compañía…Je, je.)

    Le hago notar que si le pregunto a ella es porque Iberia y British Airways son la misma compañía no vaya a ser que se moleste. Esta vez consigo que me indique con el dedo donde debo esperar y a qué hora. Después de esperar las mencionadas siete horas, consigo por fin la tarjeta de embarque y pasar el control de seguridad. Dejo todo lo que llevo en la cinta transportadora incluyendo los zapatos pero me olvido del cinturón. Justo cuando me toca a mí introducirme en una cabina de rayos X o yo qué sé, me doy cuenta y me lo quito para ponerlo con las demás cosas. Debido a todo ello provoco un ligero murmullo de desaprobación por parte de los demás viajeros ya que estoy retrasando el acceso a los «duty free». Avergonzado me olvido de recolocarme el pantalón tras sacarme el cinto y claro, para que no se me caigan tengo que colocarme en una postura cómica dentro de la cabina detectora, con los brazos en alto y las piernas arqueadas. ¡Mira qué bien! Ya he hecho el ridículo en tres continentes.

    Sobre el vuelo nada destacable. El viaje duró casi dos horas menos por lo que tuve tiempo de ver los capítulos que me faltaban de «The Big Bang Theory» y la película «El último rey de Escocia» pero no pude saber el final de «El secreto de tus ojos». ¡Ah! tuve que soportar a un orondo señor que no paraba de moverse y de restregar sus sobresalientes nalgas sobre mis empalidecidas mejillas. Al menos el desayuno fue tan pantagruélico como lo fue la merienda de la ida lo cual me obligó a aflojar el cinturón de seguridad. Siempre llevo en los aviones mis mejillas empalidecidas y mi cinturón abrochado porque me da miedo volar. Cuando puedo escojo un asiento lejos de las ventanillas pues no soporto la visión del vacío. Las alturas no son lo mío. Estar a más de metro y medio desde el pavimento, me provoca vértigo. Creo que esta ha sido realmente la causa por la cual he retrasado tanto este viaje que hoy concluye. Sin duda el poder ver Nueva York sin cataratas y poder encarar esas interminables avenidas y esos infernales trasbordos sin broncoespasmos, ha sido un regalo de la vida. (Y de mi hermano, claro.)

    Ha sido el mejor viaje de mi vida. En el que me he sentido más motivado y más seguro, a pesar de estar al otro lado del mundo, del idioma y de la peculiar idiosincrasia de los americanos. En la lista que confeccioné de niño de las cosas que quería ver, ya sólo quedan los objetivos que marqué como «improbables de conseguir» y en mi lista de cuadros que deseaba contemplar en vivo ya están todos tachados. Espero que este sencillo triunfo vital, me ayude a recuperar el ánimo y a afrontar decidido el resto de mi vida, puede que solo e insignificante pero con valor y lleno de curiosidad, como he afrontado las calles de Nueva York.

  • Diario de viaje. Día 5.

    20130913_203104

    Manhattan.  Donde los chinos son altos, los hispanos son pobres, los blancos son raros y los negros… los negros todo lo anterior.

    Manhattan, donde he tenido mi primera depresión transoceánica.  Puede que sea el rebote del subidón de ayer, o lo desordenada que llevo la medicación pero no tengo ganas de nada. Ni siquiera he recordado el cumpleaños de mi hermano. Quizás veo cerca el final del sueño,  veo cerca volver a la nada, a ser nada. Aquí también soy nada, pero en Nueva York hasta la nada parece algo.

    A duras penas decido ir a Chinatown. En mi guía dice que es visita obligada. Me apeo en Canal Street que huele a comida y donde no hay muchos más asiáticos que en Queens.  No me impresiona. Quizás tenía que haber ido al MOMA. He perdido la tarde.

    Decepcionado camino por inercia y repente llego a la calle Mulberry donde hay cientos de personas,  alegría y griterío. Pregunto a un hispano: son las fiestas de San Gennaro en Little Italy.

    Hay cientos de puestos de comida, principalmente italiana pero también china y caribeña;  incluso hay un puesto con banderas españolas y toros de Osborne que sirve frenéticamente paella con chorizo. Siento curiosidad pero no he venido a Manhattan a comer paella. En su lugar pido un bocadillo de salchicha italiana picante que además de delicioso hace las veces de Trankimazin.

    Un talentoso imitador de Louis Armstrong acompañado por tipo con un acordeón rosa y una chica asiática que toca un tambor acaban por animarme y les echo mi ultimo dolar.

    Mientras camino por la calle atestada, pongo la música que traje a propósito en mi reproductor. El Empire State resplandece en el horizonte, Don Fanucci tiene los minutos contados y yo, yo me siento feliz aun siendo nada en Manhattan.

  • Diario de viaje. Día 4.

    Obelisco_Washintong

    Todas las vivencias de este día son imposibles de redactar con mi celular así que las dejaré para la versión extendida.  Por el momento me limitaré a una pequeña enumeración.

    5:30 El Sr. Rodríguez me recoge en la puerta del hotel.

    Parada en Manhattan para recoger a Claudia Hurtado, a Julián y su esposa la Dra. Landeiro y a dos simpaticas Argentinas: Graciela y Nela.

    Nos adentramos en la «high way» que atraviesa New Jersey, Delaware y Maryland. Paisajes de bosques y dos inmensos ríos. De los rótulos de la autopista deduzco que uno es el Delaware pero el otro no logro identificarlo pero puede que sea el Susquehanna. Aquí pasan desapercibidos, pero tienen un cauce 3 ó 4 veces mayor que el Ebro.

    Parada para desayunar y hacer otras cosas menos literarias.

    Más paisajes,  puentes colosales y grandes camiones a toda velocidad.  No es la ruta 66 pero estoy flipando.

    Atravesamos Baltimore. Por suerte esta inmensa ciudad no tiene «rondas» o el Sr. Rodríguez no las conoce así que para mí cuenta como visitada.

    Casi las once, Washington D.C. El Sr. Rodríguez se pierde en el marginal barrio de Anacostia. No hay blancos en una milla a la redonda. Nos paramos para que el Sr. Rodríguez recomponga su GPS. Mi nívea piel llama la atención de algunos paisanos intranquilizadores. El Sr. Rodríguez logra situarse antes de que tengamos un conflicto racial de imprevisibles consecuencias.

    Llegamos al Capitolio. A mí que sufro de síndrome de Sthendal en Gran Vía 2, me deja boquiabierto.

    Capitolio

    Visitamos todos los museos Smithsonianos, incluido el museo aeroespacial donde me hago una foto junto al Viking justo bajo el Spirit of Sant Louis.

    Spirit of Sant Louis

    Comemos y partimos hacia la Casa Blanca donde se nos presenta a Conchita, la mujer que lleva 20 años protestando contra las armas atómicas si moverse de allí.

    Luego llega el plato fuerte: el memorial a Lincoln. Mi síndrome de Sthendal roza la epilepsia.

    Estatua de Linconl

    Partimos hacia el cementerio de Arlington. Una terrible tormenta nos obliga a acurrucarnos en un recoveco del monumento al soldado desconocido. Amaina y podemos visitar las modestas tumbas de los hermanos Kennedy.

    Tumba de John Kennedy

    Imbuidos de épica y calados hasta los huesos,  regresamos a Nueva York.  He logrado vencer la apatía y la pereza y como recompensa: uno de los mejores viajes de mi vida.

    Para saber más sobre Washington:

    Guía turística de Washington D.C. de Daniel Prado Rodríguez

  • Diario de viaje. Día 3.

    Once se septiembre.  La televisión emite homenajes a las victimas de los atentados del World Trade Center, noticias sobre Siria y sobre las primarias de no se qué, que no interesan a nadie, pero sobre la «vía catalana» ni palabra. ¡Qué raro!

    Como estoy harto de llegar deshidratado a todas partes, me he estudiado el plano del metro para poder llegar en condiciones al Metropolitan Museum.  He podido ver los Velázquez que me faltaban y el patio del castillo de Vélez Blanco del que tanto me habló mi admirado jefe Juan Martinez.

    Tras recorrer el museo entero vuelvo a estar exhausto. Estoy en baja forma. No sé si voy a tener ganas de pasear por Central Park que está aquí mismo. Decido comer en el propio museo. No es la opción más económica pero así podré descansar y refrescarme para ir al parque.

    No me ha servido de nada lo anterior.  El calor intenso, las dimensiones colosales de Central Park y la comida del museo están a punto de acabar conmigo. Si no encuentro pronto un aseo voy a dejar una huella desagradable de mi paso por Nueva York, aunque creo que voy a morir antes y eso me tranquiliza pues no me gusta llamar la atención.

    ¡Salvado! He encontrado un precioso lugar donde acudir a la llamada de la naturaleza y tomar un agua con gas que me devuelve la vida. Me la tomo en la terraza amenizado por una pareja de músicos, chico y chica, que canta una versión de Imagine que hace que suelte unas lágrimas de emoción y un dolar en un cubito anaranjado que usan para los óbolos.

    La linea de metro que me ha llevado al Metropolitan también lleva al puente de Brooklyn. Con el alma sosegada y los intestinos estabilizados parto hacia allí.

    En que hora se me ocurrió.  Naturalmente me pierdo y cuando logro saber dónde estoy resulta que el acceso peatonal del puente está kilómetros de donde me encuentro. Llego por fin y encaro la rampa que conduce al puente esquivando a los ciclistas que van a una velocidad que no es normal ¡Pero qué animales! Estoy exhausto, tengo los ojos encharcados y apenas me tengo en pie. Subo la rampa jadeando e intentando que no me atropellen.  Por segunda vez hoy estoy a las puertas de la muerte pero no me rendirê ¡Ya queda menos!

    Por fin consigo llegar al centro del puente y todo el sufrimiento ha merecido la pena. Fotos, magníficas vistas y otro sueño cumplido: caminar por el puente de Brooklyn.

    Regreso al hotel. Es pronto pero estoy reventado. Prefiero descansar pues mañana puede ser un día grande si todo va bien. Nada más en este once de septiembre en el ombligo del mundo, lejos de donde se creen que son, el ombligo del mundo.

  • Diario de viaje. Día 2.

    Nevada dinner

    Día gris en Nueva York.  Desayuno en «The Fabulous Nevada dinner». Parece caro, casi nueve dolares, pero el bocadillo que me sirven tiene el tamaño de la cabeza de un recién nacido y hay barra libre de café ¡hasta me invitan a agua fría! Dios bendiga a América.  Sólo una pega. Ya es humillante que los amabilísimos sudamericanos que me sirven no entienda mi inglés,  pero que tampoco me entiendan en español me hace sentir un poco tonto. ¡Cómo he descuidado los idiomas! No me entero de nada, pues ahora resulta que el desayuno sólo me cuesta seis dólares. ¡Yupi!

    Un interminable viaje en la línea R me lleva hasta la estación del ferry de Staten Island, unos barcos gigantescos que  trasladan de manera frenética miles de personas por hora ¡y son gratis! Desde alli veo por primera vez la estua de la libertad y de lejos el puente de Brooklyn.  Tomo uno de los ferris y puedo ver la impresionante  vista del skyline de Manhattan flanqueado por la estatua de la libertad.  Todos los objetivos turísticos cumplidos. Si tuviera que volver por emergencia a Barcelona ahora, daria por bueno el igualmente el viaje.

    Ferry a Staten Island

    Un descanso para tomar café y orientarme.  Decido subir por Broadway hasta Wall Street donde casi me rompo la crisma al tropezar en las escaleras del monumento a George Washington.  No ha pasado nada. Fotos de rigor de la Bolsa y regreso al hotel.

    Monumento a  Washington

    He comido un «Hot dog» de los que venden en la calle tan típicos. Con un botellin de agua 2 $. Aquí todo el mundo come en la calle. En Wall street me encuentro con una fila de ejecutivos esperando su turno en los puestos de perritos calientes.

    CIMG2800

    Regreso al hotel. No consigo abrir la puerta con mi tarjeta magnética.  A ver la que puedo liar con mi inglés para explicar todo el mogollón, pues el recepcionista de hoy no habla español.  Expongo mi problema hablando tranquilamente. El recepcionista parece comprender y me da una tarjeta nueva. ¡Gran éxito! Esto de la «inmersió llingüistica» funciona.

    Por fin decido ir al centro y pasear un rato por allí. En Manhattan la gente es más que en otros sitios que yo haya visto. Los pobres son muy pobres, los pijos son muy pijos y los raros son rarísimos. Hay gente disfrazada de Hello Kity que se pasea sin hacer nada aparentemente, no como el tío que va de Ironman y pega unos sustos morrocutudos a los viandantes desprevenidos. Hay predicadores variados, hombres anuncio que están plantados en las esquinas para indicar donde está el establecimiento que anuncian. Una chica, bastante mona por cierto, está quieta en medio de la acera de la calle 42 haciendo un gesto como si un gran estruendo estuviera dañando sus oídos. En frente suyo un tipo disfrazado de zombie se mete con dos mujeres.

    Zombie se mete con dos mujeres

    Todo va muy bien hasta que decido ir a ver la catedral católica de San Patricio, que se supone, es la mayor de Norte América y una de las mas grandes del mundo. Palizón de andar para nada. La catedral está en en obras y en la entrada hay tío que es de seguridad o pide dinero. Me da igual, no me quedo a saberlo pues me mira mal.

    Agotado regreso a la estación de metro. Por el camino me encuentro con el Rockefeller Center, la biblioteca pública y los impresionantes rascacielos de la avenida de las Américas. De repente me encuentro mal, temo que me está dando un ataque de asma. Me detengo y trato de recuperar el resuello. No, no es asma, sino la variante aguda del síndrome de Sthendall que yo llamo: «síndrome de de Martínez Soria». Logro recuperarme y regreso al hotel. Por hoy ya está bien.

    Rockefeller-Center

  • Diario de viaje. Día 1.

    Hotel Pan American en Queens

    Escribo esta primera página de mi aventura americana desde el McAuto que hay en frente de mi hotel. La alegría que me ha dado el encontrarlo después  de vagar perdido, de noche, sin teléfono ni guía, me ha motivado a celebrarlo con un opiparo Big Mac que me sabe a gloria.

    Menudo día. Me registran en Barajas desvaratando mi equipaje y resbuscando hasta en mis caries. Luego en el JFK  me retienen en inmigración porque dicen que hay un problema con mi nombre ¡Claro Torres López es de lo más común entre yihadistas!  Y entre ello un viaje eterno con un frío que me moría. Menos mal que al menos me entretuve viendo «The  big bang theory»  y dí buena cuenta de la merienda pantagruélica que nos sirvieron.

    Pero ha merecido  la pena. Nueva York al fin. Tras instalarme en mi hotel donde todo el mundo habla español, recorro Queens bulevar hasta encontrar  una parada de metro.  Tengo una humillante experiencia con la máquina  que vende la Metrocard pero acabo comprándola. Pillo  el primer tren que llega. Compruebo  con alegría que me lleva hasta Time Square.

    Mi parada de metro.

    Allí me apeo. No acabó de  identificarla con ninguna de las imágenes que tenía de ella. Además  está  en obras. Empiezo a ponerme nervioso cuando de repente aparece  ante mí el edificio Crysler. Creo que se me corta la respiración, no es la tétrica mole de las películas, más bien parece una brillante espada que corta el cielo de Manhattan.

    El edificio Crysler.

    Me dirijo hacia él  como hipnotizado, cuando por el rabillo  de mis prótesis  oculares lo veo. El Empire  State. El edificio Crysler es más bonito, pero lo primero es lo primero, y mi hipnotización me conduce hasta el mito. Yo he venido a verlo a él y todo lo demás  es propina. Parece que está  aquí al lado pero tengo que caminar tanto que empiezo a flaquear, no obstante, me quedan fuerzas para dar vueltas por Midtown con la boca abierta por la impresión que me causa todo cuanto veo. Me imagino a mi mismo como un Paco Martínez Soria embobado al que sólo le falta la cesta con gallinas.

    El Empire State desde el Puente de Brooklyn

    Lo demás  es historia, tomó el metro hacia el hotel, me equivoco y  ¡hala! a vagar a ciegas y exhausto por Queens. Pero me da igual, pese a todo, hoy es uno de los días  más bien felices de mi vida.

  • Diario de viaje. Día Cero.

    Imagen

    Domingo 8 de septiembre.

    Mañana parto para Nueva York. Estoy aterrorizado. Ya no soy el aventurero solitario que gastaba bromas a las mujeres en Roma o que caminaba con gastroenteritis perdido por El Cairo. Esos tiempos pasaron. Ahora soy un cuarentón desempleado y tengo miedo.

    Yo no había viajado mucho. Gracias a mi hermano empecé a hacerlo, pese a mis miedos y complejos. Gracias a él me convertí en un intrépido trotamundos. Y hoy, tantos años después vuelve a ser él, el que me ayuda a salir de la madriguera en la que estoy escondido.

    Me encuentro mal. Tengo dolores de cabeza, musculares,síntomas de resfriado, malestar general. Además por mi afán de no dejar comida en casa para no atraer insectos, me he comido todo lo que en ella había comestible y estoy que exploto.

    He repasado hasta la nausea la maleta. ¡Qué tiempos aquellos cuando era capaz de irme de viaje con tan sólo lo que cupiera en mi pequeña mochila! Leo y releo una y otra vez la reserva de Iberia y del encantador Hotel Pan American situado en el 79 de Queens Bulevar. He impreso copia de la ESTA, que es el permiso para viajar a los USA, por si me ponen alguna pega en la aduana. También he comprobado hasta gastar las prótesis de mis ojos cada fecha, cada estría, cada manchita de mi pasaporte.

    Repaso mi inglés. Estoy confuso. Se me ha olvidado todo. ¿Qué debo decir?  I have a reservation? o I have booked a room? ¿Qué decían en Hotel Fawlty? ¿Y cómo se pronuncia WI-FI? «Güaifi» «Güifai» o «Güai-fai». ¡Mierda! no lo sé! No voy a poder pedir la contraseña si no sé pronunciar «WI-FI». Como cuando estuve en Londres y no pude comer patatas fritas por no pronunciar correctamente «chips» ¡Todos los Mcmenus los pedí con ensalada! ¡Y la cara que ponía la recepcionista del hotel cuando intentaba comunicarme con ella! Nunca he vuelto a ver en nadie más, sus muecas de confusión y perplejidad.

    Son tantos los miedos y tantos los desafíos que tengo intención de redactar un diario de viaje porque creo que la ocasión lo merece. Ya escribí uno sobre mi viaje a Egipto. Pero lo perdí cuando el disco duro externo donde lo guardaba, sufrió un cortocircuito por culpa de la saliva con la que mi perro lo impregnó al intentar comérselo. Hoy en día tengo un blog , espacios de almacenamientos de esos llamados «en la nube» y mi perro está con mi ex por lo que espero, que este diario que hoy empiezo, corra mejor suerte.

  • Próxima estación: Barcelona.

    New-York

    De vuelta en Barcelona. Tengo una semana para acabar de preparar el viaje a Nueva York. He llegado a las dos de Valencia y ahora estoy en el KFC de la Meridiana acabando de almorzar. Por primera vez me he dejado cautivar por la publicidad y he pedido un el bocadillo llamado “The Boss”. Está rico, seguro que es por las semillas de amapolas que dicen los anuncios que lleva, no obstante no tienen buen aspecto.

    No empezó bien el día. El autobús de la prestigiosa compañía Hispano Chelvana llegó con media hora de retraso. Tras despedirme de mis padres ocupé mi asiento poniendo la cara de perro que uso para que ningún pelmazo que se siente a mi lado me dé conversación. Aunque llevaba mis auriculares  puestos a un volumen razonablemente alto, no puedo dejar de oír el repiqueteo de las chanclas de la gente. No sé  como se puede ir a ninguna parte en chanclas. Viajar es estar sujeto a cualquier contingencia y no sé como se puede afrontar ninguna en chanclas. Y por si fuera poco, tengo el incomodo defecto de que ver según que pies, me da repelús. Soy consciente de que la gente tiene derecho a ir fresquita pero también  debería ser consciente de cuando sus pies son humanos y cuando son apéndices deformes. Yo hago lo posible por no mirar al suelo, pero la gente se obstina en cruzar las piernas o poner los pies sobre los asientos y claro no es fácil la vida para quien como yo, sólo encuentra estéticas las chanclas cuando las lleva Uma Thurman.

    Al llegar a Villar una mujer ocupa el asiento a mi lado. Mi cara de perro funciona pues su intento de iniciar una charla fracasa de inmediato . De todas maneras mi satisfacción  se difumina cuando compruebo  que la mujer, pertenece a esa subcultura que creen que sudor y colonia S3 de Legrain combinan. Para el olor a sudor existe algo llamado desodorante, la colonia es para… bueno no lo sé , pero usarla para una higiene rápida es una guarrada. Hay cosas que no casan ni casarán: Los zapatos negros y los calcetines blancos, el chocolate y la Coca Cola y el sudor y la colonia.¿Por qué? Algún día se sabrá.

    Llego a Valencia aturdido por el hedor rancio de la mujer que se sentaba a mi lado y un taxi me lleva a la estación de Joaquín Sorolla. La nueva estación para los AVE de Valencia es muy bonita pero alejada del esplendor de la antigua estación del Norte. Me encantan las infraestructuras ferroviarias. Ir en tren siempre formaba parte de mis vacaciones, cuando las tenía claro. Yo no iba en tren a mi destino de vacaciones sino que ir en tren era la primera diversión de ellas.

    Voy a los servicios. En la estación de Joaquín Sorolla están limpios y no hay tipos de esos que intentan ver el pene de los que orinan a su lado, y que tan habituales son en otras estaciones o por lo menos yo no los he visto. Siempre he sentido pena por estos tipos que ocupan sin duda el peldaño más bajo de la escala sexual masculina. No por quererle ver el pito a otros, que ya les vale, sino por tener que permanecer tanto tiempo en un sitio tan hediondo y deprimente como eran los servicios de la estación del Norte de Valencia tal como yo los conocí, sólo por la fugaz satisfacción de verle la pilila a un señor.

    Tomo café en un bonito local caracterizado por su complicado acceso. Le pregunto a una camarera como he de proceder para pedir un café y ella me indica que debo pasar por una puerta de cristal a la que señala. La cosa no tendría más secreto sino fuera porque dicha puerta exhibe un cartel que dice: “Prohibido el paso” y está custodiada por un  policía con cara de pocos amigos. Permanezco estático a la espera de indicaciones más precisas cuando la camarera me dice que puedo pedir en la terraza si lo prefiero, a lo que contesto con un relajado sí. Me quedo tan tranquilo por no tener que entendérmelas con la interdicción de la puerta y el poli, que además de un café pido un “Croissant”. La chica toma nota en su libretita cantando el pedido:

    – Un café solo y “curasan”. Vale.

    Mientras me tomo mi frugal pero caro desayuno (2,70 por un café y un “curasan”) observo a la gente. Algunas personas miran fijamente el panel de llegadas y salidas esperando saber la vía a la que han de dirigirse como si esperaran el resultado de una rifa. Otras pregunta a cualquiera que esté parado si esta es la cola de Cuenca o la de Puerta de Atocha. Yo nunca permanezco parado en las estaciones y mucho menos sentado, pues como ya he explicado en más de una ocasión en este blog, soy un imán para los pelmazos y la gente rara.

    Mientras observo a una señora con pantalón rojo dar instrucciones de como debe desenvolverse en la estación, a grito pelado a su anciana tía, pasa delante de mí una muchacha de no más de metro sesenta con un chaleco fosforescente que reza: “Seguridad”. Antes se exigía una estatura mínima a los guardias jurados. Debe ser que sólo se le exige a los hombres, pues echo un vistazo alrededor y localizo a otras dos seguratas con evidente canijicie. ¿Quién creen que puede alterar el orden o poner en peligro a los viajeros? ¿Los sección pigmea de Al Qaeda o los pitufos maquineros?

    Por fin en el tren. En ningún sitio como en un tren como para comprobar que los extranjeros no son mucho más espabilado que los españoles: Se confunden de coche, interrumpen el paso con sus enormes maletas y fracasan en la localización de su asiento. Eso sí, todo lo hacen en voz baja, no como nosotros que berreamos como posesos para comunicar la cosa más nimia.

    En esta ocasión comparto hilera de asientos con tres alemanes o austriacos o de donde sean, pero hablan alemán. Son dos mujeres y un hombre que momentos antes ponía en duda que yo estuviera en el asiento correcto. Cuando la marcha ya hacía tiempo que se había iniciado, la mujer que se sentó a mi lado se cambia a la fila de delante que está vacía. Sé que lo hace para disponer de acceso a la ventanilla, pero siempre que me pasa algo parecido, pienso que he hecho algo que debido a nuestras particulares idiosincrasias, le ha molestado. Me da igual, por mí todos estos se pueden volver al Reich ahora mismo.

    En fin, no hay nada más que destacar. Confieso que estoy nervioso. La inminencia del viaje me atemoriza. Mí último viaje en solitario fue hace casi 10 años y no sólo era más joven sino que además tenía un empleo y las ganas de sentirme como un aventurero que no tenía miedo a nada. Ahora me veo como un cuarentón sin futuro, lleno de temores y que piensa más en lo que va hacer para vivir al regreso que cumplir su sueño de ver con sus propios ojos, los escenarios de las películas de Woody Allen.

  • Un día cualquiera.

    Pensaba que todo un mes de agosto en Chulilla daría para muchas anécdotas y aventuras; pero no ha sido así. No he podido como pretendía hacer una serie de entradas que guardasen cierta coherencia. El intenso calor que está haciendo este verano, me ha mantenido más tiempo en casa de lo que habría deseado. Enfrento la última semana en el pueblo con la satisfacción de haber perdido algunos miligramos y haber adquirido algo de fondo para afrontar con seguridad mis soñadas caminatas por Manhattan.

    Los días en Chulilla son más o menos como el de hoy. Duermo cual marmota hasta las 8:30 hora en la que el colchón de espuma de mi catre acaba por liquidar mi espalda haciendo que un dolor agudo me haga levantarme con gesto agónico. Desayuno frugalmente. Tostadas con aceite y café aguado. Decido emitiendo sonoros bostezos, sí me quedo viendo la tele o salgo a caminar. Elijo caminar pues está algo nublado y parece que las temperaturas no son tan altas.

    Al salir de mi casa, el hijo pequeño del vecino me saluda y me dice que se llama «Pato Donald». Yo le respondo que yo también me llamo «Pato Donald» creándole un gran desconcierto. Espero no haberlo traumatizado.

    Encaro un camino que conduce al pueblo llamado «La Senda» porque se trata de una senda. La denominación de los lugares del pueblo destaca por su gran imaginación salvo en este caso. Recorrer La Senda es altamente satisfactorio por las impresionantes vistas que de los montes y los huertos hay. El problema es que debo de estar muy atento a no ser arrollado por los BMW que gastan los jóvenes de acelerador fácil, de por aquí, lo que hace que recrear mi vista sea harto complicado.

    El tráfico me da un respiro y el paisaje me inspira pensamientos sobre mi vida y el futuro que me espera. Tengo tantos frentes abiertos y tan pocos recursos que mis reflexiones empiezan a deprimirme. Afortunadamente un paisano que conduce una «mula» me saluda y me aparta de mis agobios. Una mula es una especie de tractor en miniatura de dos ruedas, que se conduce como una carretilla. Conozco a un tipo que se atropelló a sí mismo con una de estas cosas.

    Llego a la confluencia de La Senda con la carretera que da al pueblo. Numerosos niños vociferantes juegan por las diminutas aceras de la travesía. Uno de ellos se fija en la cámara fotográfica que he sacado de mi riñonera y me ofrece cambiármela por su moto. Yo rechazo la oferta porque mi cámara es estupenda y su moto no es más que un juguete a pedales.

    He sacado la cámara para fotografiar un descapotable que parece un antiguo Alfa Romeo Spider, pero resulta ser un viejo SEAT 850 Sport y emocionado por el hallazgo lo acribillo a fotos. Un coche de hace más de 50 años, fabricado en Barcelona y que está impecable. La nostalgia ilumina mi alma pues cuando era niño, se podían ver algunos de estos por las carreteras.

    SEAT 850 Sport

    Paso por delante de la farmacia del pueblo donde a veces me peso. Me gusta esta farmacia pues tiene una de esas básculas que te dan además la estatura y que siempre me da un par centímetros más de lo que mido. Pero hoy no voy a pesarme, no estoy seguro de haber adelgazado suficiente y no quiero amargarme. El otro establecimiento importante que hay en la calle de Valencia, que es como se llama este trozo de travesía, es la droguería de Lolín, la cual ya no despacha en ella, creo, aunque su nombre sigue impreso en el sobrio rótulo que hay sobre la puerta.

    Pocos metros después llego a la plaza de la Baronía donde decido tomarme un café en mi bar favorito. Nada más tomar asiento el dueño rápidamente me sirve una cerveza. Yo quería café, pero el camarero me ha servido tan diligentemente que no quiero desilusionarle y me bebo la cerveza sin rechistar.

    La cerveza me ha entrado mejor de lo que esperaba y ligeramente achispado reinicio mi andadura. El alcohol me ha envalentonado y me siento tentado de ir al ayuntamiento y reclamar la documentación sobre el castillo que en octubre me prometió Paloma y que nunca llegó, pero el olor a pan recién hecho de la panadería me distrae y me hace desear comprar una bolsa de mantecados. Haciendo alarde de una voluntad de hierro, me abstengo de comer dulces pues más que nada deseo ir a Nueva York con unos niveles de papada y barriga aceptables, pues seguro que me haré numerosas auto fotos y quiero quedar todo lo bien que sea posible.

    Satisfecho por mi heroica resistencia a la gula. Vuelvo a casa. Me cambio de ropa y miro los capítulos repetidos de «Empeños a lo bestia» y «La casa de empeños» que dan en el canal «Xplora» (tengo que escribir sobre este canal) a la espera de que mi madre me llame para comer. El menú de hoy consta de gazpacho y boquerones en vinagre, ágape muy andaluz para estar servido en Valencia, pero es que toda mi familia es de allí.

    Con el estomago lleno ayudo a mi madre a recoger la mesa antes de iniciar una siesta que apenas dura, ya que mi cama sigue empeñada en reñir con mi espinazo. Así que decido caminar de nuevo esta vez hacia el Charco azul una de las maravillas del municipio y junto al castillo, su principal reclamo turístico. El Charco Azul se caracteriza por dos cosas:

    • No es un charco
    • No es azul.

    En realidad, se trata de una antigua presa abandonada donde todavía queda embalsada una gran cantidad de agua impropia de un simple charco. Da la impresión más bien de ser un pequeño lago de aguas de un color verde ceniciento, rodeada de quebradas de distintas tonalidades de marrón y gris, por lo que el que hayan calificado de azul, esta joya paisajística es todo un misterio. Como misterioso es el ambiente del lugar ya que por la altura de las paredes de roca que lo delimitan, la luz llega muy atenuada y deja en una mística penumbra el lugar. Para llegar al Charco Azul, hay que recorrer casi dos kilómetros de valle repleto de huertos y plantaciones de naranjos por donde no logro dar diez pasos sin tropezar con algún guijarro o resbalar por algún fangal.

    Aunque hoy he decidido ir en chándal para que, como era habitual en veranos anteriores, la gente no me tomara por el guardabosque, no he conseguido zafarme de algunos turistas que me interpelan con preguntas como: «¿Vamos bien por aquí al Charco azul? ¿Queda mucho para llegar al Charco azul? ¿Se puede llegar en coche al Charco azul? Yo intento complacer a todo el mundo con precisas indicaciones, pero creo que a veces la gente pregunta por preguntar pues me ponen cara de no fiarse un pelo de mí. Antes me tomaban por un agente forestal por llevar ropa de campaña y ahora por llevar chándal me toman por un yonqui.

    A medio camino entre Chulilla y el Charco, nos encontramos primero con el Remanso de Las mulas y la Peña Judía, que son dos recodos del serpenteante Turia donde el agua se acumula formando unas pintorescas lagunas. En ambos el paisaje, con cascadas y todo, resulta conmovedor y puede practicarse la natación. Siempre he odio historias de que la gente se baña desnuda en el remanso de las Mulas, pero yo nunca he pillado a nadie. Mucho me temo que es una leyenda rural para atraer el turismo.

    Llego al Charco azul, atravesando la misteriosa roca en forma de arco, que por efecto de la luz y del color de la montaña, parece estar iluminada por tenebrosas llamas. La otra alternativa, más corta, es atravesar el rio a lo bestia, pero pocas cosas me disgustan más que caminar con los pies mojados. Sí, ya sé que podría ir saltando por las piedras que sobresalen, pero desafortunadamente no dispongo de un sentido del equilibrio demasiado eficiente. Así que prefiero el sendero tras la flamígera roca más largo pero que me permite llegar completamente seco.

    Después de contemplar un rato la sin par belleza del lugar y de dos señoritas, que en biquini, conversan ajenas a mi presencia, decido regresar a Chulilla no sin antes lanzar de reojo una última mirada furtiva a la chica que tiene las tetas más grandes. Creo que se han dado cuenta por la cara de perro que ha puesto la otra. Indiferente a que me hayan tomado por un baboso, regreso al pueblo tropezando y resbalando con los mismos guijarros y fangales del camino de ida, con la ilusión puesta en una cerveza.

    Cansado y magullado. Llego a la Plaza de La Baronía y en mi bar predilecto, pido la bebida y me propongo a mí mismo un juego. Sí me ofrecen una tapa de cacahuetes gratis pediré una segunda cerveza, en caso contrario me conformaré con una sola. No hubo tapa así que tras beber ávidamente y estar un rato mirando al paisanaje que deambula por allí, regreso a mi casa a esperar la cena.

    La cena siempre se sirve tarde en mi casa de Chulilla así que tengo tiempo de ver alguna película de las muchas que tenemos y que venían de regalo con la compra de periódicos. Hoy he visto «Swimming Pool» protagonizada por una envejecida Charlotte Rampling. ¡Un peliculón! Debo de estar haciéndome viejo, cada vez me gustan más las películas europeas y menos las norteamericanas.

    Tras la película y como todavía es pronto, salgo al portal de mi casa y acaricio a una de las gatas de la zona que se acerca con la expectativa de comida, pero que se conforma con que le rasque el lomo. El niño que por la mañana me dijo que se llamaba «Pato Donald» me vuelve a saludar al tiempo que apunta hacia mis ojos con una linterna LED. ¡Qué simpático el jodido!

    Mis padres regresan sobre las 22:30 así que cenamos sobre las 23:00, tras lo cual y sin más que hacer me tomo la medicación y a dormir, bueno, si mi colchón y mis dorsales deciden llevarse bien.