Categoría: En serio

  • Religión en la escuela. ¡Qué buena noticia!

    catolicismo

    Yo nací al final de la dictadura del general Franco. Mis primeros estudios tras el parvulario fueron esos que se llamaban E.G.B. y entonces la religión era obligatoria y no tenía alternativa. En primero de E.G.B. la señorita Manolita antes de dejarnos salir, nos obligaba levantarnos del asiento, nos poníamos firmes y cantábamos el “Por la señal de la Santa Cruz”. Un día, no recuerdo la causa, realicé el ritual con la mano izquierda cuando las tres cruces debían hacerse con la derecha. La señorita Manolita reaccionó ante tamaña profanación castigándome a salir más tarde. Nunca me habían castigado y no lo volvieron a hacer hasta seis años después por culpa de mi afición a hacer reír a mis compañeras. (Afición que me dio también problemas en la universidad con expulsión de clase de química en una ocasión y del bar en otra; pero eso es otra historia.)

    No voy a decir que yo era un niño muy inteligente que pensó que qué más le daría a Dios con cual mano nos santiguábamos, la verdad es que pasé una gran vergüenza y me sentí muy mal por haber hecho algo tan feo. Por aquel entonces yo era un cristianito convencido pero si que hubo cierto desconcierto por la severidad con la que fui reprendido por algo aparentemente tan banal, pero no fue nada que pudiera ni siquiera agrietar mi fe.

    Al ser yo un niño enfermo crónico que padecía unos terribles síntomas como son los broncoespasmos y la asfixia aparejada, era fácil creer que Dios estaba detrás de mi sufrimiento porque tal como dice la Biblia:

    -…el oro se prueba en el fuego y los gratos a Dios en el horno de la humillación. Eclo. 2.5”.

    Esto se veía apoyado por comentarios de mi madre del tipo.“ ¡ay! mi hijo. Se tiene ganado el cielo”.- Claro que mi madre no sabía que unos meses antes me había persignado con la mano izquierda y que en lo referente a mi salvación, todavía no estaba nada decidido.

    Poco más recuerdo de mis clases de religión salvo que en segundo de básica todos los viernes la señorita Gemma, que así se llamaba mi profesora, nos leía una especie de Biblia infantil con ilustraciones muy bonitas. Me gustaba la señorita Gemma, no sé por qué y además me gustaba escuchar historias y las del antiguo testamento me entusiasmaban. Me gustaban tanto las cosas que contaba la señorita Gemma que recuerdo que tras salir de su clase, que era la última, llegaba a mi casa y buscaba la Biblia que teníamos, la magnífica edición de 1970 del Circulo de Lectores, para seguir las historias que la profesora dejaba a medias o para encontrar otras mejores.

    Desde entonces y durante mi infancia y adolescencia fui leyendo la Biblia, no toda claro, pero sí lo suficiente como para llegar a la conclusión de que todas aquellas historias no tenían, según mi modesta opinión, ni pies ni cabeza. Cómo decía Isaac Asimov, en los evangelios se pueden encontrar lecciones éticas y morales básicas de mayor o menor utilidad, pero como libro histórico o científico la Biblia es un completo disparate. Y llegar a esa conclusión lleva a plantearte a su vez que las religiones organizadas, todas, pero en especial aquella que te han enseñado, no es más que un negocio que se sostiene en el miedo que tenemos todos a la muerte. Sí Dios existe y fue capaz de crear el universo con la sola herramienta de su voluntad no entiendo por qué necesita subcontratar a organizaciones terrenales para darse a conocer, las cuales para tamaña empresa se ven obligadas a la constante recaudación de fondos.

    Ahora y gracias a la ley que el actual gobierno quiere aprobar, la religión católica volverá al currículo escolar y eso significará que numerosos chavales de inteligencia media baja como el que fui yo y que optarán por esta asignatura por ser, “la María”, que es lo que pretenden los obispos; quedarán prendados de las historias bíblicas y deseosos de más conocimientos consultarán las sagradas escrituras y también como yo, llegarán a la conclusión de que todo es una enorme sandez por decirlo de manera más suave de como lo dijo George Carlin en su famoso monologo. Y así, dentro de 10 años volveremos a tener una nueva oleada de ateos o por lo menos agnósticos como a la que pertenezco menguando aún más, las ya raquíticas cifras de creyentes practicantes o no practicantes. No hay nada más perjudicial para la religión católica que imponerla y darla a conocer tal como es. Por eso, como ateo y como progresista, celebro que la religión vuelva a las escuelas, se trata sin duda, de una buena noticia.

  • Linkedin y las prostitutas de antaño.

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    Hace tiempo caminando por Barcelona sin rumbo, con algo más de dos euros en el bolsillo, me ha sucedido algo que no me pasaba desde jovencito: Una prostituta ya mayor,  ha intentado llamar mi atención en una de las bocacalles de la “Ronda de Sant Pere”.  La he mirado con cara de nada y la he soslayado sin problemas. Tengo mucha experiencia en eso, pues como he dicho, de jovencito también vagaba sin dinero y no sé por qué ejercía una extraña atracción hacia lo más flipado de los evangelistas callejeros y, con todo respeto, lo más tirado de las prostitutas. Los primeros no me preocupaban. Pero las segundas eran para mi un autentico quebradero de cabeza.

    Bastaba con asomar las narices por “Tallers” o por “Drassanes” y aparecían prostitutas de saldo por doquier, pretendiendo llamar mi atención de adolescente y lo curioso es que sólo lo intentaban conmigo, dejando pasar a otros tipos solitarios que pasaban por allí también.  ¿Qué veían en mí aquellas pobres mujeres devastadas por la edad y la dureza de su oficio? ¿Le ha pasado esto a todos los hombres alguna vez o sólo a aquellos, que  llevábamos la desesperanza en la mirada y parecíamos presa fácil para rameras en declive?

    De todas formas por mucha pinta de desesperado que tuviera yo, y reconozco que las gárgolas de la catedral tenían una vida sexual más plena que la mía; ¡Demonios! esas mujeres se ganaban la vida como putas desde hacía años y ¿no eran capaces darse cuenta de que yo no tenía dinero ni para café? ¿Acaso pensaban que mi tez paliducha y mi ropa de los “Encants Vells” eran propios de alguien que podía costearse un revolcón? ¿O tal vez la vida les era tan perra que buscaban 100 pesetas de aquí y 50 de allá?

    Sé que eran otros tiempos y que yo era muy joven, pero la sensación de desconcierto la sigo teniendo hoy en día y no, no es por la meretriz casi anciana que me tiró los tejos; ahora en mi madurez y por muy veterana que seas como profesional del amor, no puedes deducir que un tipo maduro como yo que lleva un iPod y unos pantalones de Adolfo Domínguez, es en realidad un parado con algo más de dos euros en el bolsillo. No, la sensación me la produce mi red social favorita: LinkedIn.

    Porque, vamos a ver: Al igual que las prostitutas antaño, ¿Qué ven en mí los que contactan conmigo? ¿En que parte de mi perfil se da la idea de que yo soy un buen contacto para hacer negocios? ¿Qué estoy haciendo tan mal que no soy capaz de dejar bien claro que busco trabajo? ¿Los miembros de esta red social contactan a lo loco sin leer los perfiles y sin ver las insignias que delatan mi condición de desempleado en búsqueda activa de empleo? ¡Coño que tengo una cuenta premium “Job Seeker” de buscador de empleo! ¡Qué vale 21 «lauros» mensuales!

    Aunque ya no lo digo, por motivos digamos, de no dar una imagen de desesperación, me pasaba lo mismo cuando bajo mi nombre ponía:

    ¡EN BUSQUEDA ACTIVA DE EMPLEO!

    Tengo miríadas de contactos numerosos mensajes y banderitas pero todas, todas son de emprendedores entusiastas, directores de mucho abolengo y tipos coleccionistas de masters que solicitan que me una a su red o a grupos donde se me proponen debates sobre los que no tengo ni pajolera idea.

    ¿Es quizás por mi experiencia en la construcción por la que recibo ofertas comerciales  de Muebles La Riojana, Reformas Menéndez o carpintería de aluminio Géminis? ¿En que parte de mi currículo dice que pueda interesarme las alternativas al alcanfor o la dificultad de exportar gominolas a la Polinesia Francesa?

    Si LinkedIn fuera la vida real yo me vería paseando por la zona alta de la Diagonal o por el 22@ de Barcelona y numerosos tipos trajeados se acercarían a mí y me susurrarían:

    – ¿Quieres unirte a mi red profesional, guapentón?

    Señores contactos de LinkedIn les quiero, son mi orgullo, tengo a puñados pero los amo a todos por igual. Mi red me pone en contacto con millones de profesionales a los que también quiero con todo el alma. Pero,  ¡No tengo una empresa, ni soy un inversor ni tengo contacto con inversores y sobre todo no compro material de construcción ni ninguna otra cosa!

    Sólo soy un tipo que busca trabajo,  ahí tienen mi currículo, lo que ven es lo que hay. Bueno eso sí, tengo una extraña facilidad para atraer a prostitutas de saldo y a evangelistas flipados. ¡ Nada más!

  • Temo a los griegos incluso cuando hacen regalos (3)

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    Tarde de abril. Estoy mirando vídeos  y merendando zanahorias, ¡hay que cuidarse! Suena el teléfono. Descuelgo y contesto. Desde que me puse el puente de circonio mis muelas no casan demasiado bien y hay cosas que tengo que masticar con más empeño. Las zanahorias son una de ellas. ¿Por qué me llamarán cuando tengo la boca llena de merienda?

    – Diga. – Algunos fragmentos de zanahoria escapan de mi boca.

    – ¿Es usted David Torres? – Pregunta una mujer con una voz joven y hermosa.

    – Yo mismo. – Recuerdo que no debo decir sí cuando recibo llamadas comerciales. Más fragmentos de zanahoria vuelan por ahí.

    – Verá le llamo de Orange para agradecerle su fidelidad a la compañía y por ser tan buen cliente queremos premiarle.

    – ¡Ya estamos!, pienso para mis adentros mientras trago gran parte de la zanahoria que queda en mi boca.

    – ¿Dígame? – Ya sé la respuesta pero dejo que hable, y es que desde que tomo el Valproato sódico, estoy de un amable…

    – Verá David. – ¡Qué manía de tutearme! Pienso mientras doy un nuevo bocado a la hortaliza.- Le ofrecemos un descuento del…- No presto atención a la cantidad porque mi cerebro está ocupado en lamentar el haber mordido de nuevo la zanahoria.- Lo único que le pedimos es que permanezca con nosotros un año.

    – Esto ya lo he vivido. Permanezco en silencio. La zanahoria triturándose resuena. Trago y contesto:

    Verá. Le agradezco su ofrecimiento y me siento halagado de que me consideren un cliente de rechupete. – La operadora lanza una risita.- Pero no puedo aceptar el regalo. –  Sé que es inútil intentar que la conversación acabe en ese momento, pero yo lo intento pues desde que tomo el Valproato sódico, estoy de un amable…

    – ¿Puede decirme por qué no puede aceptar el regalo?

    – Intento tragar toda la zanahoria antes de contestar pero un fragmento se me va por el otro lado y me hace toser. Zanahoria por todo el escritorio. Trato rápidamente de limpiar la mesa y deshacerme de los restos de apiácea de mi boca. Cuando considero aceptable el resultado inicio mi argumentación:

    Es que estoy en el paro. Y no quiero adquirir nada que me suponga la atadura de un contrato de permanencia.

    – Pero David así pagará menos, casi 7 euros menos al mes y precisamente por estar buscando trabajo es imprescindible tener conexión a Internet a buen precio. Además un año pasa volando. (sic)

    – Ya sé que un año pasa volando pero es un año vertiginoso, lleno de incertidumbre y altibajos. ¡La cosa está muy mal! – Me ha dicho que un año pasa volando. ¡Lo que me faltaba! ahondar en mi crisis de los cuarenta. ¡Tócate las narices!. Hace tiempo hubiese estallado pero desde que tomo el Valproato sódico, estoy de un amable…- Lo siento pero no puedo aceptar su ofrecimiento. Si lo que quieren es premiarme, pongan mi foto como cliente del mes en su sede.

    – Es una pena, David, que no quiera aprovechar este descuento.

    – Lo sé, le respondo plañidero, pero… más penoso es no tener trabajo.- Pongo la más lastimosa de mis voces. Los restos de zanahoria de mi boca contribuyen a dar pena, dificultando mi pronunciación.

    – Sí claro, la situación económica es difícil, pero…

    – Soy un parado de 44 años.- Sollozo.- Nadie me da trabajo. ¿Qué futuro me espera? ¿Y a mi ancianos padres, que dependen de mí?.- Lloriqueo mientras miento.- Sí hoy puedo pagar mi conexión a internet, pero, ¿y mañana? No, no puedo arriesgarme a una penalización. Seguiré pagándoles, no teman, necesito mi ADSL y no puedo cambiar de compañía, porque conlleva también un contrato de permanencia.- Snif.- Sorbo por la nariz a modo de llanto contenido.

    – Vaya David no sabía que su situación era tan desesperada.

    – No se lo imagina. Además que lástima sentiría si tuviera que dejar de pagar sus servicios. Son ustedes tan… tan eficientes, tan amables. Pero no puedo arriesgarme a una penalización por incumplir con mi contrato de permanencia. Ya tengo bastante con la permanencia de mi teléfono móvil. ¡En qué hora lo suscribí! Menos mal que ya queda poco.

    – ¿Con quién tiene usted el móvil David?

    – Con Vodafone. Snif.

    – Verá, le podemos ofrecer un…- ¡Es inaudito! Le estoy diciendo que no quiero contrato de permanencia y quiere ofrecerme una tarifa con teléfono móvil que me haría incumplir el que tengo con Vodafone. Le interrumpo con dulzura ya desde que tomo el Valproato sódico, estoy de un amable…- No puedo, aceptar ninguna tarifa de ustedes pues me penalizarían en Vodafone.

    – Pero usted ha dicho que le queda poco.

    – Me doy cuenta de que he metido la pata y corrijo- Me quedan 10 meses. Snif. Cuando estás en el paro pierdes la noción del tiempo. ¡Qué más quisiera yo que tener el móvil con ustedes, tan eficientes y tan amables y no con Vodafone que son la mar de antipáticos, pero no puedo. ¡Maldita permanencia!.

    – Bueno David, que se le va a hacer. En otra ocasión.- La chica parece algo conmovida por mi sollozante perorata. Le deseo mucha suerte y recuerde que nuestro número de atención al cliente es el 900… ¡Qué pase una buena tarde!

    – Adiós, adiós, snif.

    Tras comprobar que no queda zanahoria reflexiono un momento y asumo que dentro de unos días recibiré un e-mail donde se me felicitará por la adquisición de un pack descuento por ser un cliente tan chupi y que tendré una nueva batalla telefónica para que me lo anulen. Pero no me preocupo. Ahora mi prioridad es comer más zanahoria. Y es que desde que tomo el Valproato sódico, estoy de un amable…

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    Temo a los griegos incluso cuando hacen regalos.

    Temo a los griegos incluso cuando hacen regalos (2).

    La avaricia rompe el saco.

    Test de capacitación.

    Aquí vale todo. Técnicas de marketing.

  • La mujer del carrito eléctrico.

    Avenida-Meridiana-Barcelona

    Cada día me cruzo con ella. Cada día me cruzo con la mujer del carrito eléctrico. No sé cómo se llama y nunca he conversado con ella… perdón, no es cierto; una vez hace algunos años, cuando todavía me sentía afortunado, le compré lotería para aprovechar que me sentía afortunado. La mujer del carrito eléctrico vende lotería y yo una vez le compré.

    La mujer del carrito eléctrico es bastante mayor y no puede moverse apenas. Sólo mueve la cabeza y algo los brazos y sus manos sólo lo justo para actuar sobre la palanca con la que guía su carrito eléctrico. Cuando le compré la lotería tuve que ser yo el que cortara el boleto y el que tomara el cambio de los cinco euros que le di. Ella musitó una disculpa por tener que hacer yo todo el trabajo y acto seguido me deseó suerte para que me tocara la lotería.

    ¡Se disculpó por ser discapacitada y me deseó suerte a mí! A mí que no tengo que ir Meridiana arriba y Meridiana abajo embutido en un carrito eléctrico, cubierto de ropa hasta la nariz para no helarme en invierno y con un cajón de madera acoplado sobre mis rodillas a modo de expositor de boletos. ¿Quién da la suerte señora del carrito eléctrico? ¿La fortuna? ¿Dios? ¿Dios puede querer que a mí me toque la lotería y que usted viva paralizada desde el cuello, recorriendo la avenida de La Meridana, año tras año en un carrito eléctrico?

    Hace algún tiempo vi a un tipo en un patinete motorizado esperar junto a la mujer del carrito eléctrico a que cambiara el semáforo.  Pensé en lo que yo pensaría desde mi silla de ruedas si estuviera en el lugar de la mujer del carrito eléctrico.

    • Tú que puedes no quieres caminar.

    Y sentí un profundo desprecio por el tipo del patinete motorizado que altivo y oculto tras unas carísimas gafas de sol seguramente ni vio a la mujer del carrito eléctrico. Los que padecemos alguna tara física solemos ser más sensibles a las desgracias ajenas, aunque no demasiado, no vayamos a creer.

    Hoy he sido yo el que ha compartido espera de semáforo con la mujer del carrito eléctrico y hoy nuevamente he pensado en que pensaría de mi mismo ella si supiera como me siento de mal estos días.

    • No te da vergüenza estar triste y cabizbajo. Tú que tienes piernas, brazos y manos funcionales. Tú que has corregido tu mala vista y aplacado tu asma. Tú que puedes ir adonde quieras sin cargar con un cajón de madera lleno de boletos de lotería. Tú que todavía eres joven y que tu tiempo no se acaba como el mío. Un tiempo que lo acabaré como lo he vivido, incrustada en este carrito eléctrico.

    Y he sentido un profundo desprecio hacia mi mismo y avergonzado he pospuesto mi paseo y he regresado a casa, a vivir mi depresión clandestinamente pues por mucho que confirmen los médicos que estoy mal, pensaré que lo estoy en realidad porque soy un cobarde y que por eso me muevo entre la tristeza la confusión y la culpa.

    La que no puede moverse sin su carrito eléctrico es la mujer que va Meridiana arriba y Meridiana abajo, a la que compré lotería una vez y que me deseó suerte y que me pidió disculpas por tener que hacer yo todo el trabajo.

    Entradas relacionadas.

    – Depresión.

    – Depresión autoayuda.

    – Gilipollas y «pringaos» históricos.

    – Muerte de un teléfono.

    – Recuerdos obligatorios.

    – Barcelona antidepresiva.

     

  • Margaret Thatcher me dio una lección

    Margaret-Thatcher

    Esta no es una entrada para hablar de la recién fallecida Margaret Thatcher, por lo menos no del todo. Pero el óbito de esta señora me ha recordado uno de los momentos y a uno de los personajes más importantes de mi infancia y de mi vida.

    Yo era un alumno de EGB en 1982 el año de la guerra de las Malvinas. tenía a la sazón 13 años y por lo tanto todavía era influenciable por hombres y mujeres mayores que yo y nadie me influyó tanto en aquella época como mi profesor de historia en la Escola Lliceu Ramon Llull, Don Emilio Ramos.

    Don Emilio Ramos era un personaje singular. Iba siempre impecablemente vestido y perfumado con una característica fragancia que pocas veces he olido en otros hombres. No era muy alto, creo que menos que yo aunque no lo parecía dado que siempre llevaba zapatos con tacones altos.Pero su principal característica física además de su poblada barba canosa, su prominente barriga y su estridente voz, eran sus larguísimas uñas de los meñiques, que no dudaba en usar para hurgarse las orejas en no pocas ocasiones.

    Pero el Sr. Ramos como le llamábamos todos, no era conocido por su singular físico sino por su severidad y sus tremendas broncas con las que acotaba cualquier insubordinación por parte del alumnado. El Sr. Ramos era temido por su dureza pero también por la autoridad que le daba el ser el director del colegio, director docente quiero decir pues por encima suyo estaba la familia de propietarios del colegio y que ocupaban cargos administrativos.

    En esa época un profesor podía ser temido porque en esa época un profesor podía gritarte e incluso zarandearte o darte un pescozón sin que se hundiera el mundo y sin que acabaras traumatizado como un soldado de la primera guerra mundial.  Un profesor podía ser temido pero también respetado y nadie era más temido y respetado que el Sr. Ramos. De él se decía que era cinturón negro de judo, que había vencido en combate a un alumno que le saco una navaja y que fue capaz de alcanzar a la carrera a un ladrón que entró en el centro.

    Se le temía tanto que nos poníamos en pie cuando entraba en clase y sólo nos sentábamos cuando el lo ordenaba. Cualquiera puede pensar que este tipo sólo era  un arrogante mequetrefe, pero no era así. Hablaba tres o cuatro idiomas, había estado en todas las partes del mundo, excepto en América, de lo que se jactaba y había sido corrector y reportero de la revista Historia y Vida; trabajo que le permitió conocer a Picasso por ejemplo. Explicaba que Estambul era, según él, la ciudad más bella del mundo y que consideraba a Italia su segunda patria. Para el Sr. Ramos Napoleón era un bicho, el deporte dejaba de ser deporte cuando se convertía en espectáculo y que el tren y no el avión sería el transporte del futuro.  El Sr. Ramos no era sólo broncas y collejas, era historias épicas llenas de datos interesantes lo que provocaba el bostezo de los más tontos de la clase y la admiración de los mas aplicados. Y entre todos ellos, nadie le admiraba más que yo.  Hoy todavía sigo pensando como él en muchos aspectos de la vida y todo este blog está impregnado de la aplastante influencia que ejerció sobre mí, a pesar de que ni yo mismo me escapé de sus broncas y de su mala leche. Mi hermano dice que incluso ahora que tengo la misma edad que debía tener él en aquellos años, me parezco físicamente y todo, salvo por lo de las uñas, que siempre me pareció repugnante.

    • Bueno David ¿y qué tienen que ver todo esto con la guerra de las Malvinas y con Margaret Thatcher? ¡Es que te enrollas como una persiana!

    Pues verás autoestima mía, en 1982, cuando estalló la guerra de las Malvinas, en Barcelona hubo un apoyo a la República Argentina que rozó el fanatismo racial. La gente no hablaba de otra cosa y estaban seguros que la Argentina, que era vista como una gran potencia, iba a dar para el pelo a los ingleses. – “Nosotros somos una mierda y no podemos recuperar Gibraltar, pero los Argentinos van a dar por saco a estos asquerosos. ¡Se van a enterar!”.- Ese era el comentario más habitual en colas en panaderías y partidas de dominó. En esa época no había “estelades” en los balcones y no tenías que avergonzarte de ser español, así que el apoyo en la calle fue total y completo a los argentinos. Imbuido de ese ardor guerrero un chaval de 13 años, cómo yo no iba a ser menos y naturalmente me contagié de la fiebre antibritánica.

    Guerra de las Malvinas

    En medio de todo esto, un día, al terminar la clase, algunos alumnos se atrevieron a cortar el paso del  Sr. Ramos y le preguntaron que qué pensaba de la guerra de las Malvinas. Yo que estaba recogiendo para salir al recreo, dejé todo y corrí hacia el grupo de alumnos para escuchar con avidez la opinión de mi admirado profesor. Todos sabíamos por sus clases de historia que los ingleses no le gustaban demasiado por lo que merecía la pena escuchar los demoledores improperios que contra ellos iba a proferir. Pero lo que sucedió fue que Don Emilio Ramos comentó:

    • No tendría inconveniente en ponerme de lado de la Argentina, pero esta guerra es una maniobra cruel de la junta militar para perpetuarse en el poder y sintiéndolo mucho, espero que los ingleses les den su merecido.

    No puedo describir ni la cara de asombro de mis compañeros de clase ni de como se me quedó el cuerpo cuando oí a mi admirado profesor ponerse de parte del Reino Unido. Mi reacción no la olvidaré: salí al patio y me senté donde pude a reflexionar. Siempre había estado de acuerdo con Don Emilio, porque siempre había entendido sus argumentos, pero hoy esos argumentos chocaban con mis sentimientos y con la opinión de la mayoría, de hecho, tal argumentación no la escuché de nadie más hasta que pasó el tiempo y la historia puso a cada cual en su sitio. Era un argumento contrario al sentir popular y casi ofensivo para la época, pero era un argumento demoledor y a pesar de mis 13 años, no podía renunciar a la lógica para abandonarme al patrioterismo y a la visceralidad.

    Tardé pero lo asumí y aquel día de 1982 recibí el mayor legado de mi severo profesor, su mayor lección y su más positiva influencia: hay que pensar, hay que reflexionar y hay que tener criterio propio. La masa es estúpida y manipulable como tan bien sabían los nazis y tan bien supieron aprovechar. No se puede quitar la razón a alguien sólo porque no te guste o porque no opines como él. Margaret Thatcher era para muchos y seguirá siendo una bruja pero en ese momento era una bruja que se enfrentó con determinación contra unos diablos, los diablos de la junta militar argentina a los que venció y de paso, permitió que un escolar asmático aprendiera una lección. Sí la dama de hierro no hubiese defendido las Malvinas, no hubiese oído aquel comentario de mi profesor, así que en justicia le atribuyo parte de dicha lección. Por cierto, para que nadie se llame a engaño, pienso que Margaret Thatcher a sido uno de los personajes más dañinos de la historia de Europa y deseo que Satanás la tenga en su gloria. Pero lo cortés no quita lo valiente.

    Se que esta entrada es un tostón, pero quisiera que sirviera de tributo a Don Emilio Ramos López, la persona no consanguínea de la que más he aprendido y a la que más he admirado.

  • Malos tiempos para los músicos callejeros.

    Acordeonista

    Me encanta la música. Mi vida está llena de música. Tengo decenas de vinilos y de compactos en casa. Incluso en una época económica mejor que la actual, me permití comprarme un iPod Touch de cuarta generación, artefacto que tengo perfectamente sincronizado con sus listas de reproducción y sus ilustraciones de álbumes; las mismas listas e ilustraciones que figuran en mi teléfono celular inteligente que uso cuando espero llamadas. No toda la música me gusta. Bueno sí, toda, porque el reggetton y el hip hop no lo considero música.

    Mi amor por la música creo que se origina en el hecho de que soy incapaz de tocar la más mínima tonada en ningún tipo de instrumento, es decir, no tengo oído musical. Un buey con cerebro espongiforme y ebrio pisoteando una gaita tendría más posibilidades de tocar un acorde que yo con un sintetizador. Esta incapacidad genética para hacer música es lo que me ha permitido disfrutar tanto de ella. Para mí la música es algo que me gusta y que no intento aprender ni concebir, puro ocio.

    Nací en una época donde la música no era tan abundante y omnipresente como hoy. En la España de los setenta, no había emisoras de FM, ni 40 principales, ni mp3, ni iTunes ni nada de eso. Sí querías música te ibas a Discos Castelló y pasabas la tarde contemplando las hermosas carátulas de los discos de vinilo. Lo más moderno en formato musical era la cassette pero todavía podías encontrar los enormes cartuchos de ocho pistas en los Encants de Barcelona. Quedaban algunos años antes de que Sony inventara el Walkman. La gente no iba por la calle con auriculares y viajar en el metro era monótono y solemne. Se hablaba en voz baja para no destacar y los trenes hacían todo el ruido.

    Eran tiempos propicios para los músicos callejeros. Pero no había tantos como ahora. Los aburridos desplazamientos de la gente de casa al trabajo podían ser amenizados por algún guitarrista, o acordeonista que destrozara la consabida “Amapola” en el límite de hacerla reconocible por la audiencia. En aquella época los músicos callejeros tenían un público y un sentido, pero a pesar de ello yo sentía una pena enorme por ellos. para mí un músico era un señor o señora que tocaba en un teatro, grababa un disco o salía en 300 millones. Ver a gente tocar en la calle me producía una desagradable sensación de fracaso ajeno. Recuerdo que lloré cuando, siendo todavía un niño, vi a un tipo cantando en la calle. Puede que mi actitud ante los músicos callejeros debe de ser algún tipo de trastorno similar a la fobia a los payasos o a la antipatía por los mimos que sufren otros.

    Si la pena que sentía por la gente que toca en la calle o en el metro era mayúscula en esa época ahora en la era de los iPod, mp4 y Spotify, es infinita. La puta crisis está arrojando a muchas personas a tocar en el metro. Hoy por ejemplo, eran varios los que tocaban a la vez en vagones contiguos del tren que me llevaba a casa. Uno cantaba con su amplificador atado a su carrito de la compra poniendo voz de Manzanero y otro tocaba una especie de xilófono o marimba que llevaba colgado del cuello. Y entre ellos numerosos viajeros con auriculares que no les escuchaban; entre ellos, yo, que tengo que bregar entre la pena que me dan y el fastidio de no poder escuchar mi propio iPod.

    Antes de empezar la crisis solía avergonzarme pasar cerca de un músico de los que tocan en el transbordo de la estación de Maragall del suburbano barcelonés; sobre todo cuando sólo era yo el que pasaba. Solía quitarme los auriculares pues, ya que no iba a darle limosna, al menos no quería ofenderlo.  También llegué a bajarme del tren cuando el músico que se ponía a tocar durante el trayecto era especialmente malo o ruidoso y lo hacía para que no se viera mi mueca de desagrado provocada por la vergüenza ajena, que es la sensación humana que menos soporto.

    Pero la crisis y mi vida de estos últimos tiempos son lo suficientemente perras como para insensibilizarme y ahora mis auriculares son el escudo contra la cruda realidad. La realidad de que el músico pedigüeño es una molestia y un incordio. Que está tan acabado y obcecado como las compañías discográficas que en su último estertor intentan seguir vendiéndonos a golpe de leyes dictatoriales, discos compactos que están tan obsoletos como el “Bésame Mucho” y el “Tico Tico” que se obstinan en tocar los acordeonistas rumanos del metro. Los músicos callejeros y las compañías discográficas son los extremos del mercado musical pero ambos se tocan en su creencia de que son necesarios y en su anacronismo.

    Al igual que como comenté sobre el circo, nada tengo contra la gente que se intenta ganar la vida como puede. Veo como hay personas que ofrecen monedas incluso a los músicos más chirriantes,yo mismo he echado monedas a los talentosos músicos que tocan el el Portal del Àngel o frente al Museo Frederic Marés pero en este caso, como en ningún otro, el espectáculo de la indiferencia e incluso el reproche por la molestias que causan a los que leen o escuchan sus reproductores, los músicos callejeros, me afecta tanto como para amargarme y la verdad, ya tengo bastante con lo mío.

  • Paseando por mi barrio. (3)

    Plaza de la Tolerancia

    Si hay algo extraordinario en mi barrio es sin duda el Hipercor de Meridiana. Sí, sí el de la bomba. Aquel que fue escenario en 1987 del mayor atentado que ETA cometió. Por lo visto los gudaris pensaron que la libertad de Euskal Herria estaba seriamente amenazada por familias armadas con carritos de la compra. Yo nunca explico que me salvé del atentado aunque estuve ese día paseando por allí ya que abandoné las instalaciones un cuarto de hora antes de la explosión y sólo estuve en el edificio que está enfrente del que sufrió el atentado.

    Porque lo que en el barrio denominamos el “Hipercor” en realidad son dos edificios gigantescos separados entre sí por una plaza llamada de la Tolerancia. Unos de los edificios albergar el Hipercor propiamente dicho y el otro es un pequeño Corte Inglés de tan sólo una planta. El Hipercor fue en tiempos unos almacenes Sears que fueron adquiridos posteriormente por la extinta Galerías Preciados para finalmente acabar siendo un centro comercial más del Omnipresente Corte Inglés.

    Pero yo no quiero hablar en esta entrada del Hipercor sino de la plaza de La Tolerancia. Esta plaza es característica de una época, en la que el excelentísimo Ayuntamiento de Barcelona le dio por construir plazas y parques, sobre todo por la zona de Sant Andreu y Sant Martí, con una peculiar arquitectura. Esta consiste en una especie de laberintos de obra vista, formando terrarios o parterres donde hay plantado todo tipo de árboles y vegetación variada. De este tipo de plaza destacan por su tamaño el Parque de la Pegaso, llamado así porque en esos terrenos hubo una vez una fábrica de camiones y la Plaza Soller sinónimo cuando yo era adolescente de “barriobajeza” y lumpen.

    Pues bien, la plaza de la tolerancia está construida con ese estilo y dada sus escasa dimensiones es la que presenta una apariencia más marcada de laberinto. Los muretes de ladrillo resultan que ni pintados para practicar algo que creo se llama “Parkour” y que consiste en jóvenes ataviados con ropa deportiva dos tallas más grande, que se desplazan dando brincos cual macacos de 40 quilos. La plaza de la tolerancia sirvió también en tiempos para la práctica del “Break dance” y también de algo que no sé como se llama y que consistía en hacer grafitis y bailar hip hop al mismo tiempo. Es decir una gilipollez que fue prontamente abandonada debido a su dificultad. Pero ahora es el turno del Parkour.

    El otro día sin ir más lejos, después de efectuar unas compras en el Hipercor, me quedé contemplado a estos adolescentes dando brincos y haciendo cabriolas. Había alguna chica entre ellos con el pelo recogido en una característica cola de caballo que delataba su sexo ya que llevan una ropa tan ancha que es difícil discernir quien tiene uno o dos cromosomas equis. El embobamiento que sentí al ver a esos chicos jugándose el cuello emulando a lemures y titíes me impidió darme cuenta de una cosa: Yo estaba sin empleo y podía estar allí a esas horas, pero esos chicos ¿Cómo podían estar dando saltos en horario lectivo? ¿No iban al instituto? ¿En qué demonios están pensando sus familias?

    Soy de la opinión que las catastróficas cifras de desempleo en este país están consolidadas sobre dos pilares: La sarnosa clase política que tenemos y el calamitoso sistema educativo que nos gastamos. ¿Cómo se puede tolerar que haya adolescentes saltando en plazas en horario escolar? En este país hay gente con dos o más  carreras superiores sin esperanza de encontrar empleo. ¿De que van a vivir estos muchachos?

    Lo que hacen estos chicos es a mi juicio más grave que unas simple campanas o novillos. En mis tiempos los adolescentes dejaban de ir al instituto para jugar al futbolín o simplemente para fumar. Yo mismo he hecho alguna pella para, simplemente, no soportar el peñazo de la clase de latín(1). Pero los que no iban a clase sabían que estaban haciendo algo irregular. Eran señalados como vagos o como gamberros y el estigma hacía que alguno de ellos, en mi caso por ejemplo, regresaran a las clase y retomaran su educación.

    Pero estos chicos creen estar forjándose una reputación como artistas urbanos e iniciando una carrera profesional. Es lo que tiene toda esta subcultura del el Hip Hop, el Rap y toda esta basura suburbana, que cualquiera cree que está a su alcance y que es un camino fácil al éxito. Para ser artista de verdad has de quemar tu juventud en escuelas de bellas artes o en conservatorios pero para ser rapero basta con llevar los pantalones a medio bajar y ponerte una gorra con la visera hacia atrás y ya eres un Eminem cualquiera.

    La plaza de La Tolerancia está en un barrio de Barcelona, no está en Harlem ni en Los Ángeles. No hay salida profesional para saltimbanquis callejeros en este país. Puede que en Detroit sí, pero en Barcelona no y me da la sensación de que estos chicos y chicas, influidos por la publicidad,piensen que su futuro está en ser profesional del Parkour, el Skate o el hacer virivueltas en esas bicicletas tan pequeñas; y de ser  así, muy pocos pero muy pocos, lo lograrán.

    De España se dice que no tienen un sistema productivo eficaz, pero no estoy de acuerdo: España tiene un sistema productivo muy bonito. España tiene industria, comercio, servicios y agricultura. Sierra Leona puede que no tenga sistema productivo eficiente pero España sí. Lo que no tiene España es sistema educativo normal, por eso son miles los hombres y mujeres que no encuentran empleo, porque el empleo de poca calidad está siendo “deslocalizado” y como la mayoría de las estadísticas demuestran la empleabilidad en España de profesionales y universitarios sigue siendo más elevada que la de quien no tienen estudios de ninguna clase. ¿Y qué hacemos ante este panorama? votamos a la derecha más rancia del continente y dejamos a su ser a los adolescentes para que vayan por ahí regresando al estado de primate.

    Pero no nos preocupemos. Nuestro brillante gobierno intenta despojar de derechos y reducir los salarios de los trabajadores españoles, para que así regresen las fábricas que nos levantaron los eslovacos o los marroquíes. Aunque creo que se equivoca. Cualquier país con un gobierno como el nuestro puede rebajar todavía más la dignidad de su masa laboral, como ya ocurre en China o en el sudeste asiático. Y por lo tanto el convertir a los españoles en tailandeses no resultará mientras existan tailandeses originales.

    (1) De pocas cosas me he arrepentido más en mi vida que de no prestar atención en clase de latín.

  • Somos ganado cultural

    PawnStars

    Estar en el paro es estar preocupado. Estar preocupado es dormir poco. Dormir poco lleva a ver mucho la televisión. Ver mucho la televisión actual da una idea general de como se nos ve a los ciudadanos por parte de… bueno, no sé por parte de quién, pero de alguien que ya ni siquiera nos respeta. Podría pensarse que tras agotarnos en empleos extenuantes y mal pagados se nos retiene en casa con el entretenimiento inmediato y barato de la televisión. Pero ya no es así, ese alguien ya ni se preocupa de seleccionar como entretenernos, de ofrecernos un entretenimiento digno, puede que en los Estados Unidos sí , pero en España…

    Cuando miro la televisión me siento como ganado al que se alimenta con cualquier cosa. Me siento como ganado cultural. Somos reses que pertenecen a un ganadero sin escrúpulos Sólo así puedo explicarme este sentimiento que me deja la programación de algunos canales de televisión.

    Por ejemplo. En canales como como Xplora o Energy se vierten programas de dudoso interés disfrazados de documentales. Como el espacio de  la casa de empeños que no está del todo mal para verlo una vez, pero emitirlo una y otra vez en nuestro país, donde ya nadie sabe a ciencia cierta quién fue El Cid, y pretender que entendamos lo trascendente de tener algo firmado por John Hancock , es a mi juicio, emitir cualquier cosa, porque nos lo vamos a tragar sin más.

    Este tipo de programas se hacen para entretener a los ciudadanos norteamericanos y después se reutilizan para alimentar al ganado de países como el nuestro; que si los los buscadores de tesoros, que sí los que compran trasteros o que sí los que tienen otra casa de empeños pero en un barrio chungo y todo es más peligroso. Las casas de empeño españolas están llenas de ordenadores obsoletos y de películas pornográficas. No encontraremos en ellas ningún Picasso, ningún botón del abrigo de George Washington ni ninguna motocicleta Saroléa.  Es entretenimiento para los americanos y pienso de mala calidad para nosotros. No sabemos que Roger de Flor fue nombrado Cesar del Imperio Romano de Oriente, pero gracias a estos programas sabemos que Paul Revere hacía unas cucharas muy bonitas. Roger de Flor tiene una calle en Barcelona pero ¿Quién coño fue Paul Revere?

    Por si fuera poco además de pienso contaminado se nos puede dar pienso tóxico del tipo de “Los cazadores del pantano”. En este programa unos pueblerinos endogámicos y desdentados, exterminan con saña a los caimanes de no sé que manglar. La violencia y el sadismo de este espacio han hecho que sienta ternura por los cocodrilos y en general por cualquier saurio u ofidio por peligroso o constrictor que sea. Que un programa esté ambientado en un lugar salvaje y recóndito no lo convierte en un episodio del Hombre y La Tierra. Es una porquería pensada para espectadores consumidores de porquería. Me imagino a quién lo programó:

    – Hay que llenar un par de horas de la tarde ¿alguien tiene algo?

    – Ha llegado un programa donde unos tarados cazan en un barrizal por dinero.

    – ¿No será muy fuerte eso de matar animales?

    – Matan caimanes, creo. A nadie le afecta la muerte de bichos escamosos.

    – En ese caso, vale.

    El pienso televisivo que se nos echa al ganado cultural que formamos en este país no sólo se sirve en canales temáticos de escasa audiencia y en forma de programas de contenido alejado de nuestra realidad cultural y social. Las grandes cadenas nos obsequian con la repetición de episodios o capítulos de series norteamericanas sin molestarse en buscar soluciones de continuidad. En pocas semanas el peinado de Teresa Lisbon se adapta a las distintas modas con la rapidez con la que Temperance Brennan despide y recontrata al mismo adjunto. Repetir una y otra vez y en periodos tan cortos de tiempo los mismos episodios no es multidifusión, es desidia, es falta de respeto, es emitir por emitir, porque cualquier cosa vale para tener al ganado cultural saciado.

    Pero no podemos quejarnos tampoco de que se nos trate como a ganado. Innovamos poco, inventamos poco. Nuestra producción local de pienso no da para saciar a tanta res extenuada por el trabajo. Se limita programas de cotilleos, de videncia o de juegos de azar, llamar a un casino televisivo “ganing” lo dice todo, ni siquiera el idioma nos sirve para crear una marca. Es pienso de tan mala calidad que algunas cabezas de ganado no estamos dispuestas a consumirlo. Por eso hay que importar alimento de fuera, del mayor productor, de los Estado Unidos. Quizás es  por eso que las autoridades norteamericanas presionan para que nuestro gobierno endurezca las leyes de protección de derechos de autor. Son sus derechos los que hay que proteger, nosotros apenas sí producimos nada que merezca la pena piratear.

    El ganadero nos alimenta con pienso de mala calidad, con programación televisiva hecha con desgana, porque no espera ninguna reacción, ninguna protesta. Que la esposa de Ned Flanders muera y resucite periódicamente o que Tabatha Coffey salve la misma peluquería canina tres veces al mes, no nos aparte de la televisión tal vez indique al ganadero que ni la corrupción política ni la reforma laboral ni la privatización del sector público lo hará.

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    ¡Malas noticias! Twitter no conduce a la revolución.

  • Paseando por mi barrio.

    Viviendas del Congreso

    Me crié en un barrio singular. He crecido y he vivido la mayor parte de mi existencia en la frontera entre los barrios de La Sagrera y El Congrés en Barcelona. Digo que vivo en la frontera aunque debería decir que vivo en tierra de nadie. Mi calle pertenece administrativamente al distrito de Sant Andreu, pero ahí se acaba el acervo. Mi vivienda estaba antes que las construidas con motivo del Congreso Eucarístico de 1952 y aunque tan sólo 20 metros me separan de ellas, son suficientes para no pertenecer al barrio que lo forman. No obstante, 20 metros son 20 metros y me corresponda o no, El Congrés es mi barrio.

    Y es mi barrio además porque la Sagrera está fragmentada en dos de manera tan abrupta por la Avenida de la Meridiana, esa que dicen es paralela a esa otra Meridiana celestial que de norte a sur divide el firmamento; que ambos lados de la misma parecen dos barrios distintos y por eso, nunca en mi calle decimos que pertenecemos a la Sagrera.

    Mi barrio es tan singular que no todos los taxistas lo conocen. Durante años he tenido que dar indicaciones a estos para que me dejasen frente al Hipercor, que aunque queda algo lejos de mi portal, el recorrido se me hacía más llevadero que el tener que dar confusas directrices para llegar hasta mi casa.

    Mi barrio alguna vez fue un barrio bajo. Cuando era niño se contaban truculentas historias de atracos y violaciones. Una mujer fue asaltada en el interior de mi portal, motivo por el cual la comunidad de vecinos decidió invertir en una lámpara que permaneciera siempre encendida y así evitar que ningún otro violador se ocultara en el lóbrego descansillo del ascensor. Ahora no sabría decir que estatura tiene mi barrio. Es bajo, medio, alto…Mi barrio es y ya está.

    Tenemos algún edificio singular como el Mercado de Felipe II con sus lucernarios hiperboloides y la Iglesia de San Pio X, con su curioso campanario de hormigón de 10 plantas, una por cada Pio supongo. El templo por fuera es, bueno, muy postconciliar, pero por dentro la luz incide de una manera muy hermosa.

    Yo vivo en la calle de Doña Concepción Arenal que es paralela a la de de Doña Emilia Pardo Bazán y perpendicular a la de Garcilaso de La Vega. Mucho abolengo literario para un barrio donde no queda abierta ninguna biblioteca. Las dos que conocí ya no están, las cerraron pues no están los tiempos para mantener recintos que sólo usan los ancianos para leer el periódico. Para eso están los bares.

    La calle más larga está dedicada a Felipe II y siendo este como fue el emperador con mayúsculas, es una calle discreta, aunque en Cataluña ya se sabe, estos personajes no son apreciados sino no se explica que la plaza dedicada al Virrey Amat, el catalán más poderoso de todos los tiempos sea de lo más horrenda. ¡Qué país este mío, que considera personaje histórico y además favorito al Serrallonga y sin embargo excluya de su imaginario a Agustina de Aragón que era catalana. Cosas del nacionalismo supongo.

    ¡Ah!, se me olvidaba. Mi barrio fue en un tiempo el barrio del canódromo. Sí, un sitio donde se celebraban carreras de galgos. Cuantas horas de mi infancia pasé viendo correr a los perros. Mi abuela Rosario me llevaba con ella y alguna vez apostaba. Las apuestas consistían en acertar la pareja ganadora y por el orden de llegada. Estas se hacían en unas taquillas coronadas por un rótulo que decía el precio de la apuesta. Mi abuela siempre apostaba en la taquilla con el letrero que rezaba “25 pesetas” aunque alguna vez la vi en la de “50 pesetas”. Este tipo de apuesta era muy adictivo por el módico precio y porque si te gustaban dos perros, por ejemplo, el 3 y el 6 comprabas el boleto para ganador el 3 y segundo el 6 y el boleto para ganador el 6 y segundo el 3. Pero mi abuela no se enganchó, ni siquiera la única vez que la vi ganar; 1.000 pesetas nada menos que en aquellos tiempos era una pequeña fortuna.

    Alzado del canódormo Meridiana.

    El canódromo ya no existe. Era un espectáculo muy tedioso y muy incorrecto políticamente para los tiempos que vivimos, pues no sólo los perros eran tratados de manera, vamos a decir, poco edificante sino que además, la espera entre carrera y carrera de un cuarto de hora, era desproporcionada con respecto a la duración de estas, que apenas ocupaban un minuto . Ahora la pista es un parque para niños y el edificio con las taquillas, gradas y otras dependencias será algún día no sé qué museo.

    Bueno, hasta aquí mi arrebato literario de hoy. Todavía me quedan muchas tardes para caminar por mi barrio hasta que encuentre un nuevo empleo por lo que hay tiempo de contar más cosas.

  • Los trolls y la sopa de ajo.

    trollAntiguamente, ahora no tanto, cuando uno decía una obviedad o se le ocurría algo que ya sabía todo el mundo se decía: “Has inventado la sopa de ajo”. Me he acordado de esto leyendo este interesante artículo del blog Fogonazos, uno de esos que yo admiro, y que va sobre como combatir a los trolls de tan molestos resultan en internet. A mí particularmente me gustaría tener un troll pues sería indicativo de que este blog tiene gran audiencia o interés, aunque no me quejo de la que tengo, ¡ojo! Sin embargo aunque parezca mentira los trolls no son una cosa moderna cuya aparición va aparejada con el surgimiento de la web y de las redes sociales, no, siempre ha habido trolls en las telecomunicaciones y yo tengo cierta experiencia en ello.

    Cuando yo era un chaval, existía una clase de personas que tenían como afición conversar por radio o radioaficionados, y entre esas personas, se encontraba mi padre. Hoy en día, siguen existiendo y cumplen con una importante labor social en países cuya extensión u orografía dificulta otros tipos de comunicaciones. Pero en Europa y en España, el radioaficionado, es un dinosaurio.

    No todo el mundo podía ser radioaficionado(1) pues se entendía que esta práctica podía entorpecer y perjudicar las comunicaciones de los distintos cuerpos policiales o de seguridad y salvamento. Además, los equipos o “emisoras” eran muy costosos y no estaban al alcance del gran público, pues no sólo necesitabas la emisora sino también antenas sofisticadas, amplificadores de señal y toda suerte de accesorios.

    Por si fuera poco, en aquel entonces,  para ser radioaficionado se te exigía una licencia, sí, como se lee; un permiso como el de conducir . Y para obtenerlo tenías que acreditar ciertos conocimientos en un examen como: nociones básicas de electrónica, de  telecomunicaciones y  los códigos Morse, código fonético y el código Q. ¿Se puede uno imaginar que hoy te exigieran pasar un examen para conectarse a internet y demostrar conocimientos de TCP/IP, arquitectura de redes y HTML. Pues más o menos era eso(2).

    Pese a todo nada impedía que cualquiera entrara en una de las tiendas de electrónica de la calle Muntaner de Barcelona y se comprara una emisora y emitiera como y cuando le viniera en gana. Y es aquí donde enlazo con el tema de los trolls. Mi padre tenía la licencia para emitir pero no tenía los medios. Los equipos que tuvo no tenían potencia suficiente como para emitir sin las costosas antenas de las que hablé antes y con el paso del tiempo y debido a sus dos empleos, acabó por perder el interés y me los dejaba usar para escuchar a otros radioaficionados e incluso a la policía municipal barcelonesa.

    Así ocupé largas horas de mi adolescencia, escuchando conversaciones casi siempre aburridas y a “espiar” a la policía municipal, cuyas aventuras me entretenían mientras estudiaba, y entre todo eso, lo que más me sorprendía eran… los trolls. Porque había trolls y eran realmente ridículos. Lo bueno es que al contrario que el troll de internet, el troll de las ondas estaba perseguido por la ley por lo que el atractivo de lo prohibido, supongo, era la verdadera motivación de esta gente. Pondré un ejemplo real de como actuaban los trolls de aquella época:

    Policía municipal 1.- Charlie 2 aquí Hotel cero. ¿Me recibe? Cambio.

    Policía municipal 2.– Aquí Charlie 2. Le recibo. Cambio.

    Troll.- (Eructo)

    Policía municipal 1.- Molestias vecinales en calle del Rábano, 6. Cambio.

    Troll.- ¡Te huelen los pies!

    Policía municipal 2.- Charlie 5 está más cerca. cambio.

    Troll. – (Eructo) ¡Maricooooones!

    Policía municipal 1.- Hotel cero para Charlie 5. Cambio.

    Troll.- Canta la sintonía de la Abeja Maya en falsete. Luego eructa.

    Policía municipal 3. – Aquí Charlie 5. Estoy en Rábano, 6. Cambio.

    Troll.-  ¡Te huelen los pies!

    Policía municipal 1.- Quejas por ruido en el entresuelo. Cambio.

    Troll. – (Sonidos guturales) (Erupto) ¡Pitufos maricooones!

    Policía municipal 2.-  El llamante no comparece. Cambio.

    Troll.- ¡Te huelen los pieeees!

    (…)

    En fin, que no se ha inventado la sopa de ajo con los trolls y que estos son tan viejos como las telecomunicaciones. Me pregunto si ha habido trolls en otros tipos de comunicaciones, como por ejemplo palomas mensajeras  o correos del Zar troleadores.

    (1) Estoy hablando sobre cosas que ocurrían hace ya más de 25 o 30 años. Desconozco como son las cosas en la actualidad.

    Trollface(2). Siendo yo titulado en electrónica y telecomunicaciones (FP II) no tenía que pasar dicho examen en el caso de hubiera querido ser radioaficionado como mi padre y quería, pero para cuando obtuve mi título la radio afición estaba ya tan  en declive como las máquinas de escribir o los discos de vinilo.