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LinkedIn no es para cualquiera
Por fin tengo un rato para escribir en mi blog. Tras regresar de América, he tenido la suerte de encontrar trabajo haciendo chapuzas como delineante. No obstante, no dejo de actualizar mi perfil en Infojobs ni de consultar de tanto en tanto mi página de LinkedIn y ha sido esto último lo que me ha dado la idea para escribir esta entrada.
Hay dos cosas que se pueden deducir de la lectura de este blog:
- No acabé la carrera de ingeniero. He forjado mi vida profesional con mi título de F.P. II y con la ligera pátina que da el haber ido a la universidad.
- Tengo cierto complejo de inferioridad que me hace hacer cosas como sentirme incómodo en un gimnasio.
Es por eso que pienso a menudo que LinkedIn no es para mí, no es para cualquiera. Con mi experiencia laboral casi todo el mundo que conecta conmigo es universitario y los que no están en el paro tienen cargos de relumbrón en empresas de fantasía. Así por ejemplo, tengo contactos que son arquitectos, ingenieros, doctores; que son socios fundadores, directores generales, vicepresidentes, directores creativos o asesores en multinacionales y eso me daba qué pensar: ¿Dónde voy yo con mi F.P. II y mi experiencia como técnico de tres al cuarto? ¿Dónde voy yo en esta hoguera de vanidades cibernética en la que la gente tiene cargos enjundiosos en inglés? Porque esa es otra, ¿cómo puedo llamar la atención en esta red social? Una red social plagada de:
- CEO
- Owner Manager
- General Manager
- Assistant Project Manager.
- Building Engineer
- Sales Engineer
- Senior telecommunications deployment
- Business Development
- IT Manager
Pensé que mejor me borraba, ya se sabe, mi complejo de inferioridad. Además ni cuando he tenido una cuenta Premium de a 20 euros mensuales, LinkedIn me ha servido de mucho en mi búsqueda de empleo. Pero me he dado cuenta de que ahora soy autónomo, de los de verdad, con impreso 037 y 303, y que puedo disfrutar del hecho de que soy mi propia empresa. Así que qué tal si yo también participo a lo grande del mundo profesional y del ambiente empresarial:
Mi perfil luce actualmente más o menos así:
Es poca cosa ¿verdad? ¿Qué tal sonaría en inglés?
Claro que ahora soy mi propia empresa. ¿Por qué resignarme a mi raquítica formación?
Esto está mejor. Pero es mi empresa. ¿Por qué no crear una jerarquía diferente, algo más marcial?
Claro que puestos a innovar por qué conformarme con el inglés ¿Qué tal un rango militar en Latín?
No está mal pero quizás el toque militar no es adecuado para alguien que no hizo la mili. ¿Mejor me pongo un cargo civil al estilo de Augusto?
¡Ya me gusta más! Aunque una sola palabra en el cargo sabe a poco ¿Qué tal un rango a lo Trajano?
Mucho mejor. Creo que ya no tengo ganas de borrarme. Voy a ir probando denominaciones pues de algo me ha de servir ser autónomo y pagar 254 «lereles» mensuales. ¿A ver quién me tose ahora en Linkedin? ¡Eh! ¿A ver?
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Diario de viaje. Últimos días.
Domingo.
Ya he visto todo lo que quería ver. Todos mis objetivos turísticos están cumplidos. Dediqué el domingo a preparar el agotador viaje del lunes y a descansar. Mientras cambiaba con desgana los canales de televisión, doy con el único que emite en español que se sintoniza en el hotel. Dan un anuncio del nuevo disco del tal Alejandro Fernández en el cual se incluye la canción «hoy tengo ganas de ti». Me siento feliz por identificar quien la canta y que además lo hace a dúo con Christina Aguilera. Resulta que al volver de Washington, el Sr. Rodríguez subió el volumen de la radio cuando esta canción empezó a sonar. No quiero parecer cursi pero atravesar el Queensboro con esta música será algo difícil de olvidar. Cuando la canción terminó comenté:
- ¡Qué magnífica versión de esta canción! Es la más famosa de Miguel Gallardo, un autor español que murió relativamente joven.
El Sr. Rodríguez esboza una sonrisa, la primera en todo el viaje. Celebra que me guste la canción y comenta:
- Los grandes artistas siempre mueren jóvenes.
Fue la frase más larga que pronunció de manera espontanea y no estaba carente de lírica . ¡Bien por el Sr. Rodríguez!
Lunes.
El «shuttle bus» del hotel me ha dejado en el JFK siete horas antes de la partida de mi vuelo. Busco el mostrador de Iberia pero no lo encuentro. Decido preguntar a una empleada con chaqueta roja y pinta de saber mucho.
- «De aibirias chequin plis? (¿El mostrador de Iberia, por favor?)«. – Mi inglés de andar por casa parece funcionar, además aquí Iberia es «Aibiria».
- «Oh yes, wachiwachiwachi and wachiwa.»
Ella me ha entendido pero yo a ella no, pese a lo cual asiento con la cabeza y sonrío como si ya lo tuviera todo claro. Absolutamente perdido decido ir al lavabo. Pienso mejor con la vejiga vacía. Espero un rato antes de volver a preguntar. Esta vez pregunto a una empleada de British Airways.
- «De aibirias chequin plis?»… «Is de seim campani… Je, je.». (¿El mostrador de Iberia, por favor?… Es la misma compañía…Je, je.)
Le hago notar que si le pregunto a ella es porque Iberia y British Airways son la misma compañía no vaya a ser que se moleste. Esta vez consigo que me indique con el dedo donde debo esperar y a qué hora. Después de esperar las mencionadas siete horas, consigo por fin la tarjeta de embarque y pasar el control de seguridad. Dejo todo lo que llevo en la cinta transportadora incluyendo los zapatos pero me olvido del cinturón. Justo cuando me toca a mí introducirme en una cabina de rayos X o yo qué sé, me doy cuenta y me lo quito para ponerlo con las demás cosas. Debido a todo ello provoco un ligero murmullo de desaprobación por parte de los demás viajeros ya que estoy retrasando el acceso a los «duty free». Avergonzado me olvido de recolocarme el pantalón tras sacarme el cinto y claro, para que no se me caigan tengo que colocarme en una postura cómica dentro de la cabina detectora, con los brazos en alto y las piernas arqueadas. ¡Mira qué bien! Ya he hecho el ridículo en tres continentes.
Sobre el vuelo nada destacable. El viaje duró casi dos horas menos por lo que tuve tiempo de ver los capítulos que me faltaban de «The Big Bang Theory» y la película «El último rey de Escocia» pero no pude saber el final de «El secreto de tus ojos». ¡Ah! tuve que soportar a un orondo señor que no paraba de moverse y de restregar sus sobresalientes nalgas sobre mis empalidecidas mejillas. Al menos el desayuno fue tan pantagruélico como lo fue la merienda de la ida lo cual me obligó a aflojar el cinturón de seguridad. Siempre llevo en los aviones mis mejillas empalidecidas y mi cinturón abrochado porque me da miedo volar. Cuando puedo escojo un asiento lejos de las ventanillas pues no soporto la visión del vacío. Las alturas no son lo mío. Estar a más de metro y medio desde el pavimento, me provoca vértigo. Creo que esta ha sido realmente la causa por la cual he retrasado tanto este viaje que hoy concluye. Sin duda el poder ver Nueva York sin cataratas y poder encarar esas interminables avenidas y esos infernales trasbordos sin broncoespasmos, ha sido un regalo de la vida. (Y de mi hermano, claro.)
Ha sido el mejor viaje de mi vida. En el que me he sentido más motivado y más seguro, a pesar de estar al otro lado del mundo, del idioma y de la peculiar idiosincrasia de los americanos. En la lista que confeccioné de niño de las cosas que quería ver, ya sólo quedan los objetivos que marqué como «improbables de conseguir» y en mi lista de cuadros que deseaba contemplar en vivo ya están todos tachados. Espero que este sencillo triunfo vital, me ayude a recuperar el ánimo y a afrontar decidido el resto de mi vida, puede que solo e insignificante pero con valor y lleno de curiosidad, como he afrontado las calles de Nueva York.
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Diario de viaje. Día 5.
Manhattan. Donde los chinos son altos, los hispanos son pobres, los blancos son raros y los negros… los negros todo lo anterior.
Manhattan, donde he tenido mi primera depresión transoceánica. Puede que sea el rebote del subidón de ayer, o lo desordenada que llevo la medicación pero no tengo ganas de nada. Ni siquiera he recordado el cumpleaños de mi hermano. Quizás veo cerca el final del sueño, veo cerca volver a la nada, a ser nada. Aquí también soy nada, pero en Nueva York hasta la nada parece algo.
A duras penas decido ir a Chinatown. En mi guía dice que es visita obligada. Me apeo en Canal Street que huele a comida y donde no hay muchos más asiáticos que en Queens. No me impresiona. Quizás tenía que haber ido al MOMA. He perdido la tarde.
Decepcionado camino por inercia y repente llego a la calle Mulberry donde hay cientos de personas, alegría y griterío. Pregunto a un hispano: son las fiestas de San Gennaro en Little Italy.
Hay cientos de puestos de comida, principalmente italiana pero también china y caribeña; incluso hay un puesto con banderas españolas y toros de Osborne que sirve frenéticamente paella con chorizo. Siento curiosidad pero no he venido a Manhattan a comer paella. En su lugar pido un bocadillo de salchicha italiana picante que además de delicioso hace las veces de Trankimazin.
Un talentoso imitador de Louis Armstrong acompañado por tipo con un acordeón rosa y una chica asiática que toca un tambor acaban por animarme y les echo mi ultimo dolar.
Mientras camino por la calle atestada, pongo la música que traje a propósito en mi reproductor. El Empire State resplandece en el horizonte, Don Fanucci tiene los minutos contados y yo, yo me siento feliz aun siendo nada en Manhattan.
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Diario de viaje. Día 4.
Todas las vivencias de este día son imposibles de redactar con mi celular así que las dejaré para la versión extendida. Por el momento me limitaré a una pequeña enumeración.
5:30 El Sr. Rodríguez me recoge en la puerta del hotel.
Parada en Manhattan para recoger a Claudia Hurtado, a Julián y su esposa la Dra. Landeiro y a dos simpaticas Argentinas: Graciela y Nela.
Nos adentramos en la «high way» que atraviesa New Jersey, Delaware y Maryland. Paisajes de bosques y dos inmensos ríos. De los rótulos de la autopista deduzco que uno es el Delaware pero el otro no logro identificarlo pero puede que sea el Susquehanna. Aquí pasan desapercibidos, pero tienen un cauce 3 ó 4 veces mayor que el Ebro.
Parada para desayunar y hacer otras cosas menos literarias.
Más paisajes, puentes colosales y grandes camiones a toda velocidad. No es la ruta 66 pero estoy flipando.
Atravesamos Baltimore. Por suerte esta inmensa ciudad no tiene «rondas» o el Sr. Rodríguez no las conoce así que para mí cuenta como visitada.
Casi las once, Washington D.C. El Sr. Rodríguez se pierde en el marginal barrio de Anacostia. No hay blancos en una milla a la redonda. Nos paramos para que el Sr. Rodríguez recomponga su GPS. Mi nívea piel llama la atención de algunos paisanos intranquilizadores. El Sr. Rodríguez logra situarse antes de que tengamos un conflicto racial de imprevisibles consecuencias.
Llegamos al Capitolio. A mí que sufro de síndrome de Sthendal en Gran Vía 2, me deja boquiabierto.
Visitamos todos los museos Smithsonianos, incluido el museo aeroespacial donde me hago una foto junto al Viking justo bajo el Spirit of Sant Louis.
Comemos y partimos hacia la Casa Blanca donde se nos presenta a Conchita, la mujer que lleva 20 años protestando contra las armas atómicas si moverse de allí.
Luego llega el plato fuerte: el memorial a Lincoln. Mi síndrome de Sthendal roza la epilepsia.
Partimos hacia el cementerio de Arlington. Una terrible tormenta nos obliga a acurrucarnos en un recoveco del monumento al soldado desconocido. Amaina y podemos visitar las modestas tumbas de los hermanos Kennedy.
Imbuidos de épica y calados hasta los huesos, regresamos a Nueva York. He logrado vencer la apatía y la pereza y como recompensa: uno de los mejores viajes de mi vida.
Para saber más sobre Washington:
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Diario de viaje. Día 3.
Once se septiembre. La televisión emite homenajes a las victimas de los atentados del World Trade Center, noticias sobre Siria y sobre las primarias de no se qué, que no interesan a nadie, pero sobre la «vía catalana» ni palabra. ¡Qué raro!
Como estoy harto de llegar deshidratado a todas partes, me he estudiado el plano del metro para poder llegar en condiciones al Metropolitan Museum. He podido ver los Velázquez que me faltaban y el patio del castillo de Vélez Blanco del que tanto me habló mi admirado jefe Juan Martinez.
Tras recorrer el museo entero vuelvo a estar exhausto. Estoy en baja forma. No sé si voy a tener ganas de pasear por Central Park que está aquí mismo. Decido comer en el propio museo. No es la opción más económica pero así podré descansar y refrescarme para ir al parque.
No me ha servido de nada lo anterior. El calor intenso, las dimensiones colosales de Central Park y la comida del museo están a punto de acabar conmigo. Si no encuentro pronto un aseo voy a dejar una huella desagradable de mi paso por Nueva York, aunque creo que voy a morir antes y eso me tranquiliza pues no me gusta llamar la atención.
¡Salvado! He encontrado un precioso lugar donde acudir a la llamada de la naturaleza y tomar un agua con gas que me devuelve la vida. Me la tomo en la terraza amenizado por una pareja de músicos, chico y chica, que canta una versión de Imagine que hace que suelte unas lágrimas de emoción y un dolar en un cubito anaranjado que usan para los óbolos.
La linea de metro que me ha llevado al Metropolitan también lleva al puente de Brooklyn. Con el alma sosegada y los intestinos estabilizados parto hacia allí.
En que hora se me ocurrió. Naturalmente me pierdo y cuando logro saber dónde estoy resulta que el acceso peatonal del puente está kilómetros de donde me encuentro. Llego por fin y encaro la rampa que conduce al puente esquivando a los ciclistas que van a una velocidad que no es normal ¡Pero qué animales! Estoy exhausto, tengo los ojos encharcados y apenas me tengo en pie. Subo la rampa jadeando e intentando que no me atropellen. Por segunda vez hoy estoy a las puertas de la muerte pero no me rendirê ¡Ya queda menos!
Por fin consigo llegar al centro del puente y todo el sufrimiento ha merecido la pena. Fotos, magníficas vistas y otro sueño cumplido: caminar por el puente de Brooklyn.
Regreso al hotel. Es pronto pero estoy reventado. Prefiero descansar pues mañana puede ser un día grande si todo va bien. Nada más en este once de septiembre en el ombligo del mundo, lejos de donde se creen que son, el ombligo del mundo.
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Diario de viaje. Día 2.
Día gris en Nueva York. Desayuno en «The Fabulous Nevada dinner». Parece caro, casi nueve dolares, pero el bocadillo que me sirven tiene el tamaño de la cabeza de un recién nacido y hay barra libre de café ¡hasta me invitan a agua fría! Dios bendiga a América. Sólo una pega. Ya es humillante que los amabilísimos sudamericanos que me sirven no entienda mi inglés, pero que tampoco me entiendan en español me hace sentir un poco tonto. ¡Cómo he descuidado los idiomas! No me entero de nada, pues ahora resulta que el desayuno sólo me cuesta seis dólares. ¡Yupi!
Un interminable viaje en la línea R me lleva hasta la estación del ferry de Staten Island, unos barcos gigantescos que trasladan de manera frenética miles de personas por hora ¡y son gratis! Desde alli veo por primera vez la estua de la libertad y de lejos el puente de Brooklyn. Tomo uno de los ferris y puedo ver la impresionante vista del skyline de Manhattan flanqueado por la estatua de la libertad. Todos los objetivos turísticos cumplidos. Si tuviera que volver por emergencia a Barcelona ahora, daria por bueno el igualmente el viaje.
Un descanso para tomar café y orientarme. Decido subir por Broadway hasta Wall Street donde casi me rompo la crisma al tropezar en las escaleras del monumento a George Washington. No ha pasado nada. Fotos de rigor de la Bolsa y regreso al hotel.
He comido un «Hot dog» de los que venden en la calle tan típicos. Con un botellin de agua 2 $. Aquí todo el mundo come en la calle. En Wall street me encuentro con una fila de ejecutivos esperando su turno en los puestos de perritos calientes.
Regreso al hotel. No consigo abrir la puerta con mi tarjeta magnética. A ver la que puedo liar con mi inglés para explicar todo el mogollón, pues el recepcionista de hoy no habla español. Expongo mi problema hablando tranquilamente. El recepcionista parece comprender y me da una tarjeta nueva. ¡Gran éxito! Esto de la «inmersió llingüistica» funciona.
Por fin decido ir al centro y pasear un rato por allí. En Manhattan la gente es más que en otros sitios que yo haya visto. Los pobres son muy pobres, los pijos son muy pijos y los raros son rarísimos. Hay gente disfrazada de Hello Kity que se pasea sin hacer nada aparentemente, no como el tío que va de Ironman y pega unos sustos morrocutudos a los viandantes desprevenidos. Hay predicadores variados, hombres anuncio que están plantados en las esquinas para indicar donde está el establecimiento que anuncian. Una chica, bastante mona por cierto, está quieta en medio de la acera de la calle 42 haciendo un gesto como si un gran estruendo estuviera dañando sus oídos. En frente suyo un tipo disfrazado de zombie se mete con dos mujeres.
Todo va muy bien hasta que decido ir a ver la catedral católica de San Patricio, que se supone, es la mayor de Norte América y una de las mas grandes del mundo. Palizón de andar para nada. La catedral está en en obras y en la entrada hay tío que es de seguridad o pide dinero. Me da igual, no me quedo a saberlo pues me mira mal.
Agotado regreso a la estación de metro. Por el camino me encuentro con el Rockefeller Center, la biblioteca pública y los impresionantes rascacielos de la avenida de las Américas. De repente me encuentro mal, temo que me está dando un ataque de asma. Me detengo y trato de recuperar el resuello. No, no es asma, sino la variante aguda del síndrome de Sthendall que yo llamo: «síndrome de de Martínez Soria». Logro recuperarme y regreso al hotel. Por hoy ya está bien.
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Diario de viaje. Día Cero.

Domingo 8 de septiembre.
Mañana parto para Nueva York. Estoy aterrorizado. Ya no soy el aventurero solitario que gastaba bromas a las mujeres en Roma o que caminaba con gastroenteritis perdido por El Cairo. Esos tiempos pasaron. Ahora soy un cuarentón desempleado y tengo miedo.
Yo no había viajado mucho. Gracias a mi hermano empecé a hacerlo, pese a mis miedos y complejos. Gracias a él me convertí en un intrépido trotamundos. Y hoy, tantos años después vuelve a ser él, el que me ayuda a salir de la madriguera en la que estoy escondido.
Me encuentro mal. Tengo dolores de cabeza, musculares,síntomas de resfriado, malestar general. Además por mi afán de no dejar comida en casa para no atraer insectos, me he comido todo lo que en ella había comestible y estoy que exploto.
He repasado hasta la nausea la maleta. ¡Qué tiempos aquellos cuando era capaz de irme de viaje con tan sólo lo que cupiera en mi pequeña mochila! Leo y releo una y otra vez la reserva de Iberia y del encantador Hotel Pan American situado en el 79 de Queens Bulevar. He impreso copia de la ESTA, que es el permiso para viajar a los USA, por si me ponen alguna pega en la aduana. También he comprobado hasta gastar las prótesis de mis ojos cada fecha, cada estría, cada manchita de mi pasaporte.
Repaso mi inglés. Estoy confuso. Se me ha olvidado todo. ¿Qué debo decir? I have a reservation? o I have booked a room? ¿Qué decían en Hotel Fawlty? ¿Y cómo se pronuncia WI-FI? «Güaifi» «Güifai» o «Güai-fai». ¡Mierda! no lo sé! No voy a poder pedir la contraseña si no sé pronunciar «WI-FI». Como cuando estuve en Londres y no pude comer patatas fritas por no pronunciar correctamente «chips» ¡Todos los Mcmenus los pedí con ensalada! ¡Y la cara que ponía la recepcionista del hotel cuando intentaba comunicarme con ella! Nunca he vuelto a ver en nadie más, sus muecas de confusión y perplejidad.
Son tantos los miedos y tantos los desafíos que tengo intención de redactar un diario de viaje porque creo que la ocasión lo merece. Ya escribí uno sobre mi viaje a Egipto. Pero lo perdí cuando el disco duro externo donde lo guardaba, sufrió un cortocircuito por culpa de la saliva con la que mi perro lo impregnó al intentar comérselo. Hoy en día tengo un blog , espacios de almacenamientos de esos llamados «en la nube» y mi perro está con mi ex por lo que espero, que este diario que hoy empiezo, corra mejor suerte.




























